Mostrando las entradas con la etiqueta autores. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta autores. Mostrar todas las entradas

9/01/2006

LIBROS: El horror en la literatura


El horror en la literatura
H.P. Lovecraft
Alianza Editorial
Madrid, 1984.


Pese a que uno promete dedicarse solamente al disfrute y solaz que proporcionan los libros, cómics, series y películas de ciencia ficción, terror y fantasía, a veces es inevitable caer en el intimidante mundo de la crítica y teoría literaria. O sea, cuando reflexionas sobre el género, ¿captas? O sea, cuando no lees ciencia ficción, terror o fantasía, sino que lees sobre ciencia ficción, terror y fantasía.
En este predicamento, suelen darse dos situaciones: o das con un libro difícil de entender (y que encima ha sido escrito por alguien a quien no le gustan o no entiende los géneros), o das con otro que opta por una actitud supercomplaciente y que te dice que tooooodo lo que sea ciencia ficción, terror y fantasía es el último reducto de la creatividad, la última expresión de la vanguardia y demás fanfarrias. Bueno pues, ni tanto ni tan poco, hay de todo y para todos los gustos, y nada mejor que una buena cantidad de lecturas para formarse un criterio (y un gusto) propio. La teoría puede iluminar, si, pero siempre y cuando haya un espacio ya ocupado.
Para el caso de "El horror en la literatura", a los admiradores incondicionales de H.P. Lovecraft nos basta el nombre (que en este caso sí es importante) para ir sobre seguro: quienes creen que sólo la narrativa de H. P. Lovecraft vale la pena, esperen a leer este libro. Se disfruta de principio a fin.
Básicamente, el libro contiene las teorías de H. P. Lovecraft sobre el cuento y la novela "de miedo", al mismo tiempo que un bastante completo recuento de novelas y relatos de horror escritos en occidente (es decir, Europa y Estados Unidos). Parte de la cuestionable teoría de que los pueblos latinos son muy racionales (!) para crear cuentos de terror efectivos, siendo los pueblos anglosajones los auténticos maestros del género. Se basa en una idea determinista: en los pueblos nórdicos abundan los bosques, a diferencia de los mediterráneos. El bosque, como espacio en el cual la naturaleza se enseñorea sobre lo humano, sería el germen del miedo, de la manifestación de fuerzas frente a las cuales el hombre nada puede hacer. Discrepo. Esas fuerzas capaces de generar tal extrañamiento respecto al orden conocido, y que generalmente se manifiestan de una manera malsana para los seres humanos, pueden suscitarse en cualquier lugar y ser apreciadas (es un decir) por cualquier mente. No creo que estemos vacunados contra el horror.
A manera de segunda parte, Lovecraft hace un recuento de todas las novelas y relatos de horror que conocía en su tiempo, los cuales serían parte de una especie de "tradición", siempre desde el mismo punto de vista anglo-eurocéntrico. Así pues, se mencionan las novelas góticas aparecidas en Italia y Francia en el siglo XVIII, culminando con los cuentos y novelas publicados a principios del siglo XX, sobre todo, los publicados en los Estados Unidos.
Algo que se puede apreciar es el placer que despierta la narrativa de horror en Lovecraft. Se detiene a detallar varios aspectos de la trama de las novelas que comenta, incluso cuando se trata de aquellas a las que no otorga mayor valor terrorífico, pero que no puede obviar por el efecto que tuvieron al momento de su publicación.
Alianza Editorial continúa editando este ensayo de Lovecraft, en el cual no pierde un ápice de la fascinación que ofrece el resto de su obra.


Technorati tags: H. P. Lovecraft, terror, autores

7/08/2006

LIBROS: La canción de Kali


La canción de Kali
Dan Simmons
(Song of Kali, 1985)
Ediciones B
1994

La novela inicia con una afirmación del protagonista que, a nosotros, habitantes del tercer mundo y acaso moradores de ciudades calcutizadas, nos parecerá de lo más racista y oprobiosa: Calcuta es una ciudad que debería ser destruida, borrada por completo de la faz de la Tierra, todos sus moradores exterminados. El protagonista imagina bombas atómicas cayendo sobre Calcuta, como mínima garantía de su desaparición.
¿Destruir una ciudad llena de pobres y menesterosos, a cuyo alivio dedicó la Madre Teresa su existencia? Suena cruel por demás, pero después de conocer las espantosas experiencias del protagonista, un escritor que además ha ido a la India en busca de un poeta aparentemente fallecido, para dedicarle un especial en una revista literaria norteamericana, no se puede estar más de acuerdo. Delenda est Calcuta, en nombre de todo lo que pueda parecer bueno en el universo. Lovecraft no podría haberlo dicho mejor.
Y es que, para empezar, Calcuta deriva su nombre nada menos que de la diosa Kali. En sus orígenes, era una pequeña ciudad llamada Kaliksetra o Kalikata, “el lugar de Kali”. Actualmente, Calcuta (hasta el 2001 su nombre oficial era Calcutta, con doble t) es una ciudad de gran importancia religiosa y cultural. Ahí nació Rabindranath Tagore. Y ahí está también el Kalighat, el principal templo dedicado a la diosa Kali.
¿Y qué hay con Kali? Kali es la diosa de la oscuridad, la noche, el mal. Bebedora de sangre. La única capaz de ponerle el pie encima al poderoso Shiva, uno de los tres dioses principales del panteón hindú..
Obviamente, a una diosa así no se le ofrece flores, yogur light o canciones tipo cantemos al amor de los amores… Más bien, se le ofrece himnos como este:

El mundo es dolor,
Oh, terrible mujer de Siva
Estás masticando la carne:
Oh, terrible mujer de Siva
Tu lengua está bebiendo la sangre.
¡Oh, Madre oscura! Oh, Madre desnuda
Oh, amada de Siva
El mundo es dolor.

Ni que decir tiene que su culto es secreto, y exige como mínimo el sacrificio de animales. Como mínimo. Pero el pobre protagonista de esta historia, Robert Luczak, prácticamente sin quererlo, se sumergirá en los profundos horrores que involucra oir la canción de Kali.
Como escritor miembro del staff de una revista literaria norteamericana, Robert recibe el encargo de viajar a Calcuta a fin de entrevistarse con M. Das. M. Das es un afamado poeta, considerado el sucesor de Rabindranath Tagore, desaparecido hace muchos años. Pero en tiempos más recientes, se han recibido escritos y poemas que, según exegetas hindúes, serían de su autoría. ¿Ha reaparecido M. Das, o se trata de un hábil impostor? La misión de Luczak es ubicarlo y entrevistarlo.
Sólo que una vez llegado a Calcuta, en compañía de su esposa y su pequeña hija de siete meses, empiezan los horrores. Ninguna entidad académica le presta ayuda respecto al paradero de M. Das. Pero si hay quienes saben algo. Gentes vinculadas a los kapalikas – adoradores de Kali -, a los Sindicatos de Mendigos, a los guardianes de las morgues. Robert Luczak, con repugnancia al principio pero con fascinación después, llega al fin a encontrarse cara a cara con M. Das, quien le explica una de las razones por las que permanece oculto: ha contraído la lepra. Le entrega un manuscrito con el expreso deseo de que éste sea publicado. ¿Es todo lo que desea? ¿Es todo lo que desean los adoradores de Kali?
No. Una de las razones por las que M. Das se oculta es, ya lo dijimos, la lepra. La otra razón tiene que ver con el culto de Kali, sus poderes sobre la vida y la muerte, y cómo no, la mismísima ciudad de Calcuta. Recorrerla tanto de día como de noche es tanto o más aterrador como lo que le ocurre al pobre Robert Luczak. Claro, es la visión de Dan Simmons, la Calcuta real no puede ser así.
Al menos, eso creo.

Daniel Salvo


Dan Simmons, autores, terror, La canción de Kali

6/21/2006

LIBROS: Yo me perdono


Yo me perdono
Fietta Jarque
Alfaguara, 1998


En la primera mitad del siglo XVII, cerca a la aún poderosa ciudad de Cuzco, en Perú, se empieza a gestar una extraña alianza. La región vive una relativa paz tras las guerras de la conquista, pero se sigue librando otra batalla furtiva que no se ha resuelto todavía. El choque de culturas y costumbres que conviven escondiéndose, disimulándose.
Yo me perdono es la historia de cuatro hombres: un cura, Juan Pérez Bocanegra; un comerciante andaluz de oscuro pasado, León Montero de Espinoza; un joven pintor criollo, Luis de Riaño; y un indio, Tomás Puka, heredero de las antiguas tradiciones y secretos de los incas, pero educado en la más exquisita cultura occidental, que sellan un pacto para hacer de la iglesia de Andahuailillas un centro de poder religioso. La sede de un ejército invisible, dominado por ellos.
Intriga, traición, magia, conspiraciones y motivaciones no expresadas se mezclan con un clima de extraños sucesos y personajes providenciales. La minuciosa ambientación histórica recrea detalles de una época y un lugar sobre los que la ficción se ha detenido en muy pocas ocasiones. A medio camino entre la realidad y la fantasía, Yo me perdono es un ajuste de cuentas con el pasado. Una mirada al momento en que el mestizaje de culturas en América Latina se abría paso de forma subterránea, mientras la Iglesia pretendía ejercer su dominio absoluto.”
(texto de la contraportada).

Acaso al igual que Poderes secretos, este libro se publicó antes de tiempo y por eso pasó casi desapercibido por el público. Una verdadera lástima, puesto que es una apasionante mezcla de historia, fantasía y erudición ocultista – alguien por ahí lo calificó de “tratado de angelología”(!). Por decirlo criollamente, mejor no me defiendas, compadre.
Las cosas son así: en el Cusco virreynal, más precisamente en el poblado de Andahuailillas, convergen y unen intereses un sacerdote católico, un rico comerciante y un servidor quechua. El sacerdote posee un libro de ocultismo, el Libro del ángel Raasiel, copiado por el mismo padre Juan Pérez Bocanegra en circunstancias bastante extrañas. Según el libro, Raasiel es el ángel de las regiones secretas y Jefe de los Misterios Supremos. El ángel habría entregado el volumen a Adán, pero otros ángeles, celosos del poder dado al hombre, se lo quitaron y lo arrojaron al mar. Tras ser rescatado, fue entregado a Enoc, luego pasó a Noé y a otros patriarcas. En el Libro de Raasiel está contenido “todo el conocimiento celestial y terrestre”. Tratando de acceder a sus secretos, el sacerdote le revela la existencia del libro al comerciante andaluz León Montero de Espinoza, con quien ha iniciado una relación amistosa. Para su sorpresa, el comerciante – quien se reúne los viernes por la noche con la misteriosa Cofradía de San Dado, supuestamente para dedicarse al juego- tiene también un libro de magia, el Clavicula Salomonis (o “Clavículas de Salomón”, donde las clavículas aluden a pequeñas claves o llaves de conocimiento oculto), atribuido al rey del Antiguo Testamento. Dicho libro serviría para la interpretación del primero y así, combinando ambas fuentes de conocimiento, obtener el poder total. Estos secretos son participados al asistente del sacerdote, el indígena Tomás Puka , quien oculta a sus nuevos amigos su verdadera identidad, esto es, la de un iniciado en los antiguos conocimientos mágico-religiosos de los incas, cuyo consejo secreto de amautas sigue reuniéndose en la clandestinidad. Entre otras cosas, Tomás Puka sabe el perdido arte de leer los antiguos quipus, lo que permitirá al fin lograr la comprensión cabal de los libros ocultistas antes mencionados. Así, tres tradiciones o perspectivas del ocultismo o magia convergen en Andahuailillas: la cábala hebrea, las teorías de Pico de la Mirándola y otros místicos del Renacimiento y el saber oculto de los incas. Falta un elemento, y es la concreción de estos poderes a través de símbolos visibles, para así poder manifestarlos sobre el mundo. Para esto, el grupo de iniciados “recluta” al pintor Luis de Riaño, de existencia real, para pintar a los ángeles y sus atributos. Lo que no saben los tres iniciados es que entre ellos mismos se ocultan más de un secreto. Acaso el sacerdote sea el personaje más transparente, pero ni el ni el comerciante saben mucho acerca de los vínculos del indígena con su comunidad, y ni éste ni el sacerdote sospechan siquiera quién es en realidad el comerciante andaluz. El hecho es que cada uno busca sus propios objetivos en aparente acuerdo con los otros. El pintor, enamorado de su arte y de una bella desconocida a quien ha conocido en un baile de máscaras, trabaja sin imaginar el sentido oculto de su obra: pintar a los ángeles y sus atributos, para que estos se manifiesten con todo su poder sobre la Tierra. Y por momentos, ocurren cosas extrañas en el pueblo y sus alrededores. Aparecen destacamentos militares que se comportan con gentileza inusitada con los indios y de quienes nadie tiene conocimiento. Se revela la existencia de cuevas misteriosas con tesoros ocultos. Y un nuevo personaje llega al pueblo, miembro aparente de la Cofradía de San Dado, a quien se le encarga buscar un regalo para la más alta autoridad política del Cusco, aficionado a coleccionar momias…

Mención aparte merece la originalidad de la autora al no mostrar la sempiterna visión de los indios como seres sumisos, embrutecidos y explotados. Al contrario, en un pasaje de la novela, Tomás Puka refuta la visión estereotipada que tiene Bocanegra respecto a la cultura occidental en relación a la indígena, visión que acaso hoy en día seguimos sosteniendo. Desde su punto de vista, lógicamente eurocéntrico, el sacerdote cuestiona los logros de la cultura incaica:

“- Pero, ¿creéis acaso que vuestros antepasados eran sabios? Si no tenían escritura, ni conocían el hierro, ni los ingenios más elementales para muchas de las labores agrícolas o de la guerra y de muchas otras cosas. Dejando de lado la religión, en lo que eran verdaderos idólatras y supersticiosos e ignorantes. Vos que habéis sido instruido en los conocimientos de la civilización cristiana, ¿podéis comparar los logros de nuestras bellas letras, los escritos de nuestros santos padres como san Agustín y santo Tomás y hasta las antiguas filosofías de Sócrates, Platón y Aristóteles, con las de estos hombres que no dejaron constancia escrita de ninguno de sus supuestos conocimientos? La memoria es una gran herramienta para conservar y difundir los poemas y ciertas leyes, pero es de una fragilidad cristalina. ¿Dónde están ahora los grandes filósofos y sus pensamientos? ¿Dónde las enseñanzas de los sabios?
-No todos los grandes sabios dejaron testimonio escrito de sus obras e ideas. No lo hizo Sócrates, ni el propio Señor Jesucristo, si me perdonáis por decirlo. Fueron sus discípulos quienes lo hicieron algún tiempo después. Yo soy gran abogado de la escritura, lo sabéis, pero hemos de reconocer que ha habido en todas las historias del pasado grandes conocimientos que sólo fueron reservados en su tiempo y lugar para algunos escogidos. Muchos de los pueblos del pasado, y aun hoy, se reservaron los estudios sólo para los hombres que entran al servicio de la religión y del gobierno. Al desaparecer religiones y gobernantes, esos logros quedaron en el olvido, o en los círculos secretos que se formaron para preservarlos. Los de los reyes incas parecen haber quedado todos en el olvido, o quizá solo en la cabeza y la flaca memoria de algunos ancianos. Lo que queda en el pueblo son sólo manifestaciones externas y supersticiosas de un pensamiento que debió haber tenido mayor fundamento”.

Evidentemente, hay muchas cosas que no sabemos…


Fietta Jarque, autores, fantasía, historia peruana

10/18/2005

AUTORES- Algernon Blackwood

Una nueva colaboración de Kala Azar, ahora acerca del autor inglés Algernon Blackwood


Algernon Blackwood
(1869- 1951)

Ingles, Maestro del cuento preternatural, fue un prolífico autor de fantasía y terror. Su cuento “The Willows” es considerado una de las mejores obras jamás escritas en el terreno de lo sobrenatural.
H. P. Lovecraft dice de el: "Comprende, mejor que nadie, cuán plenamente viven algunos espíritus sensibles en el límite del sueño, y cuán relativamente leve es la distinción entre las imágenes formadas por objetos reales y las suscitadas por el fuego de la imaginación".

Bibliografía (en español)

  • La Casa Vacía
  • El Valle Perdido
  • Culto secreto y otros relatos
  • John Silence, investigador de lo oculto.


Transición

Algernon Blackwood


John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía... al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.

-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no...! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.

Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.

Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales... y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión.
Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno... y eso es lo que cuenta».

Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual... El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único... Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora...!

No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos... Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro... Luego surgió una luz cegadora... «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.

No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si... bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías
centelleando con las luces de los escaparates... y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir... los niños acudiendo a la carrera... y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos...

Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald... experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico.

Contó los regalos... saboreó con antelación la alegría que iban a producir... y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso... Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.

Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo
llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo... O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro...! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también.

Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.
-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea...!

El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».

-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.

Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente... Su cabeza desvariaba... ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta... ¡familiaridad!
-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.

-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.
Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.

-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.

-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.

El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.
-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba... y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!
En la habitación había bastante gente... pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he... les he traído algo... a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.

-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!
-Creo... -susurró Milly, mirando a su alrededor.

-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.

-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.

Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos... al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.

-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.

Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.

-Es magia -exclamó-. Pero... yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro... ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos...
-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo... ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.

Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría.
Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él.
Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.

Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo... lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él... dentro de él... era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.

Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría...
Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo... algo..., Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente... luego otros sonidos... como de voces familiares riendo... riendo de alegría.

-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.
Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.

-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán... Pero siempre podemos intentarlo.
La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.
Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto

FIN.

Technorati tags: Autores, Algernon Blackwood, Transición

9/23/2005

AUTORES - Juan José Arreola

Otra Contribución de Kala Azar, ahora acerca del Autor Juan José Arreola



Juan Jose Arreola.
(1918-2001)

Escritor Mejicano considerado uno de los magos del “silencio poetico y del texto breve” y uno de los tres grandes innovadores y maestros de la prosa mexicana junto a Juan Rulfo y Agustin Yañez.. Jorge Luis Borges escribio de el: Que yo sepa, Arreola no trabaja en función de ninguna causa y no se ha afiliado a ninguno de los pequeños "ismos" que parecen fascinar a las cátedras y a los historiadores de la literatura. Deja fluir su imaginación, para deleite suyo y para deleite de todos.

Frase celebre:El hombre recurre a la verdad solo cuando esta escaso de mentiras.

Bibliografía


  • Varia invención(1949)
  • Confabulario (1952)
  • La Feria (1963)(novela)
  • Palindroma (1971)


Cuento de horror


La mujer que amé se ha convertido en fantasma. Yo soy el lugar de sus apariciones.

FIN

La migala


La migala discurre libremente por la casa, pero mi capacidad de horror no disminuye.

El día en que Beatriz y yo entramos en aquella barraca inmunda de la feria callejera, me di cuenta de que la repulsiva alimaña era lo más atroz que podía depararme el destino. Peor que el desprecio y la conmiseración brillando de pronto en una clara mirada.

Unos días más tarde volví para comprar la migala, y el sorprendido saltimbanqui me dio algunos informes acerca de sus costumbres y su alimentación extraña. Entonces comprendí que tenía en las manos, de una vez por todas, la amenaza total, la máxima dosis de terror que mi espíritu podía soportar. Recuerdo mi paso tembloroso, vacilante, cuando de regreso a la casa sentía el peso leve y denso de la araña, ese peso del cual podía descontar, con seguridad, el de la caja de madera en que la llevaba, como si fueran dos pesos totalmente diferentes: el de la madera inocente y el del impuro y ponzoñoso animal que tiraba de mí como un lastre definitivo. Dentro de aquella caja iba el infierno personal que instalaría en mi casa para destruir, para anular al otro, el descomunal infierno de los hombres.

La noche memorable en que solté a la migala en mi departamento y la vi correr como un cangrejo y ocultarse bajo un mueble, ha sido el principio de una vida indescriptible. Desde entonces, cada uno de los instantes de que dispongo ha sido recorrido por los pasos de la araña, que llena la casa con su presencia invisible.
Todas las noches tiemblo en espera de la picadura mortal. Muchas veces despierto con el cuerpo helado, tenso, inmóvil, porque el sueño ha creado para mí, con precisión, el paso cosquilleante de la araña sobre mi piel, su peso indefinible, su consistencia de entraña. Sin embargo, siempre amanece. Estoy vivo y mi alma inútilmente se apresta y se perfecciona.

Hay días en que pienso que la migala ha desaparecido, que se ha extraviado o que ha muerto. Pero no hago nada para comprobarlo. Dejo siempre que el azar me vuelva a poner frente a ella, al salir del baño, o mientras me desvisto para echarme en la cama. A veces el silencio de la noche me trae el eco de sus pasos, que he aprendido a oír, aunque sé que son imperceptibles.

Muchos días encuentro intacto el alimento que he dejado la víspera. Cuando desaparece, no sé si lo ha devorado la migala o algún otro inocente huésped de la casa. He llegado a pensar también que acaso estoy siendo víctima de una superchería y que me hallo a merced de una falsa migala. Tal vez el saltimbanqui me ha engañado, haciéndome pagar un alto precio por un inofensivo y repugnante escarabajo.
Pero en realidad esto no tiene importancia, porque yo he consagrado a la migala con la certeza de mi muerte aplazada. En las horas más agudas del insomnio, cuando me pierdo en conjeturas y nada me tranquiliza, suele visitarme la migala. Se pasea embrolladamente por el cuarto y trata de subir con torpeza a las paredes. Se detiene, levanta su cabeza y mueve los palpos. Parece husmear, agitada, un invisible compañero.

Entonces, estremecido en mi soledad, acorralado por el pequeño monstruo, recuerdo que en otro tiempo yo soñaba en Beatriz y en su compañía imposible.

FIN

Baby H. P.


Señora ama de casa: convierta usted en fuerza motriz la vitalidad de sus niños. Ya tenemos a la venta el maravilloso Baby H.P., un aparato que está llamado a revolucionar la economía hogareña.

El Baby H.P. es una estructura de metal muy resistente y ligera que se adapta con perfección al delicado cuerpo infantil, mediante cómodos cinturones, pulseras, anillos y broches. Las ramificaciones de este esqueleto suplementario recogen cada uno de los movimientos del niño, haciéndolos converger en una botellita de Leyden que puede colocarse en la espalda o en el pecho, según necesidad. Una aguja indicadora señala el momento en que la botella está llena. Entonces usted, señora, debe desprenderla y enchufarla en un depósito especial, para que se descargue automáticamente. Este depósito puede colocarse en cualquier rincón de la casa, y representa una preciosa alcancía de electricidad disponible en todo momento para fines de alumbrado y calefacción, así como para impulsar alguno de los innumerables artefactos que invaden ahora los hogares.

De hoy en adelante usted verá con otros ojos el agobiante ajetreo de sus hijos. Y ni siquiera perderá la paciencia ante una rabieta convulsiva, pensando en que es una fuente generosa de energía. El pataleo de un niño de pecho durante las veinticuatro horas del día se transforma, gracias al Baby H.P., en unos útiles segundos de tromba licuadora, o en quince minutos de música radiofónica.

Las familias numerosas pueden satisfacer todas sus demandas de electricidad instalando un Baby H.P. en cada uno de sus vástagos, y hasta realizar un pequeño y lucrativo negocio, trasmitiendo a los vecinos un poco de la energía sobrante. En los grandes edificios de departamentos pueden suplirse satisfactoriamente las fallas del servicio público, enlazando todos los depósitos familiares.

El Baby H.P. no causa ningún trastorno físico ni psíquico en los niños, porque no cohíbe ni trastorna sus movimientos. Por el contrario, algunos médicos opinan que contribuye al desarrollo armonioso de su cuerpo. Y por lo que toca a su espíritu, puede despertarse la ambición individual de las criaturas, otorgándoles pequeñas recompensas cuando sobrepasen sus récords habituales. Para este fin se recomiendan las golosinas azucaradas, que devuelven con creces su valor. Mientras más calorías se añadan a la dieta del niño, más kilovatios se economizan en el contador eléctrico.
Los niños deben tener puesto día y noche su lucrativo H.P. Es importante que lo lleven siempre a la escuela, para que no se pierdan las horas preciosas del recreo, de las que ellos vuelven con el acumulador rebosante de energía.

Los rumores acerca de que algunos niños mueren electrocutados por la corriente que ellos mismos generan son completamente irresponsables. Lo mismo debe decirse sobre el temor supersticioso de que las criaturas provistas de un Baby H.P. atraen rayos y centellas. Ningún accidente de esta naturaleza puede ocurrir, sobre todo si se siguen al pie de la letra las indicaciones contenidas en los folletos explicativos que se obsequian en cada aparato.

El Baby H.P. está disponible en las buenas tiendas en distintos tamaños, modelos y precios. Es un aparato moderno, durable y digno de confianza, y todas sus coyunturas son extensibles. Lleva la garantía de fabricación de la casa J. P. Mansfield & Sons, de Atlanta, Ill.

FIN

Technorati tags: Juan José Arreola, autores latinoamericanos, la migala, Baby H. P.

9/21/2005

AUTORES- Clive Barker y Hellraiser

Continúa esta serie de posts sobre autores del género, y ahora, examinaremos la obra de Clive Barker, de nuevo por cortesía de Albino.




Clive Barker (1952- )

Escritor, artista, director de cine, dibujante, este multifacético ingles, cambio el panorama de la literatura del terror con creaciones como: Los libros de la sangre y el Ladrón de días, caracterizadas por una excelente prosa y el uso de símiles sorprendentes. ¿Quién no recuerda a los Cenobitas?

Bibliografía:

Novelas:

Colecciones:

  • Libros sangrientos I-VI
  • The Inhuman Condition
  • In the Flesh
Filmografía:

  • Hellraiser
  • Underworld
  • Candyman
  • Lord of Ilusions





LOS MUERTOS TIENEN AUTOPISTAS


Clive Barker


Discurren –vías infalibles de trenes fantasmas, de vagones de sueños– a través del erial que está más allá de nuestras vidas, acarreando un tráfico sin fin de almas que han muerto. Puede oírse su traqueteo y zumbido en los lugares quebrados del mundo, a través de grietas abiertas por actos de crueldad, violencia y depravación. Su cargamento –los muertos errantes– puede entreverse cuando el corazón está a punto de estallar y se vuelvan claramente visibles visiones que deberían permanecer ocultas.

Estas autopistas tienen señales indicadoras, y puentes, y zonas de aparcamiento. Tienen peajes e intersecciones.

En estas intersecciones, donde las masas de muertos se mezclan y cruzan, es más probable que esta autopista prohibida irrumpa en nuestro mundo. El tráfico es intenso en los cruces y las voces de los muertos alcanzan su mayor estridencia. Aquí las barreras que separan una realidad de la siguiente las desgasta el paso de innumerables pies.

Una intersección parecida a la autopista de los muertos se encontraba en el número 65 de la plaza Tollington. Tan sólo una casa independiente, con la fachada de ladrillos, imitación del estilo georgiano, el número 65 no destacaba por nada más. Era una casa vieja, anodina, olvidable, despojada de la grandeza barata a la que una vez aspiró, y que había permanecido vacía durante una década o tal vez más.

No era la humedad lo que mantenía alejados a los inquilinos del número 65. No era la podredumbre de los sótanos, o el hundimiento que había abierto en la fachada de la casa una grieta que iba desde el umbral hasta los aleros; era el ruido de sus huéspedes. En el piso de arriba el estrépito de ese trajín no cesaba nunca. Rajaba el yeso de las paredes y cuarteaba las vigas. Hacía temblar las ventanas. También hacia temblar la mente. El número 65 de la plaza Tollington era una casa encantada, y nadie podía ser el propietario mucho tiempo sin conocer la locura.

En algún momento de su historia se había cometido un horror en ella. Nadie sabía cuándo o cuál. Pero incluso al observador no experimentado le resultaba inconfundible la atmósfera opresiva de la casa, especialmente del piso de arriba. Había un recuerdo y una promesa de sangre en la atmósfera del número 65, un aroma que flotaba en los recodos y revolvía el estómago más resistente. Los bichos, los pájaros, hasta las moscas rehuían el edificio y sus alrededores. Ninguna cochinilla se arrastraba por la cocina, ningún estornino había construido su nido en el ático. Fuera cual fuese el acto violento cometido allí, había hendido la casa con la misma firmeza con que un cuchillo rasga la tripa de un pez; y por ese corte, esa herida en el mundo, los muertos se asomaban y tomaban la palabra.
Eso se decía, en cualquier caso...


Era la tercera semana de investigaciones en la plaza Tollington, 65. Tres semanas de éxito sin precedentes en el reino de lo paranormal. Utilizando como médium a un recién llegado al oficio, un hombre de veinte años llamado Simon Mc Neal, el departamento de Parapsicología de la Universidad de Essex había recogido pruebas casi indiscutibles de vida después de la muerte.

En la habitación superior de la casa, un pasillo claustrofóbico de una habitación, el joven Mc Neal había conjurado aparentemente a los muertos, que ante su demanda habían dejado pruebas abundantes de su visita, escribiendo con centenares de manos diferentes sobre las paredes ocre pálido. Escribían, al parecer, lo primero que se les ocurría. Sus nombres, naturalmente, y sus fechas de nacimiento y de muerte. Retazos de recuerdos y buenos deseos para sus descendientes vivos, extrañas frases elípticas que insinuaban sus tormentos actuales y añoraban sus alegrías pasadas. Algunos de los trazos eran recios y feos, otros, delicados y femeninos. Había dibujos obscenos y chistes a medio acabar, junto a versos de poesía romántica. Una rosa mal dibujada. Un juego de tres en raya. Una lista de compras.

Los famosos habían visitado este muro de las lamentaciones –ahí estaban Mussolini, Lennon y Janis Joplin– y también los don nadies, gente olvidada, habían firmado al lado de los grandes. Era una lista de muertos, y crecía día a día, como si la palabra se extendiera entre las tribus perdidas y las sedujera para que rompieran el silencio y sellaran esa habitación desnuda con su presencia sagrada.

Después de trabajar toda su vida en el campo de la investigación psíquica, la doctora Florescu estaba acostumbrada a los desengaños del fracaso. Casi le había resultado cómodo hacerse a la idea de que no volvería a haber pruebas. Y ahora, al verse ante un éxito súbito y espectacular, se sintió al mismo tiempo satisfecha y confusa.

Se sentó, como se había sentado durante tres increíbles semanas, en el salón del piso de en medio, un tramo de escalera por debajo del despacho, y escuchó el clamor de ruidos procedente de arriba con una especie de temor reverente, osando apenas creer que se le permitiera presenciar ese milagro. Antes habían oído mordisqueos, aterradores indicios de voces de otro mundo, pero ésta era la primera vez que esa región había insistido en ser escuchada.

Arriba cesaron los ruidos.
Mary miró su reloj: eran las seis y diecisiete de la tarde.
Por alguna razón que los visitantes conocían mejor, el contacto no se prolongaba demasiado después de las seis. Ella solía esperar hasta la media y luego se iba. ¿Qué ocurriría hoy? ¿Quién habría venido a ese sórdido cuchitril y dejado su huella?
–¿Preparo las cámaras? –preguntó Reg Fuller, su ayudante.
–Por favor –murmuró, distraída por la espera.
–¿Te imaginas qué pasará hoy?
–Le concederemos diez minutos.
–De acuerdo.
Arriba, Mc Neal se había desplomado en una esquina de la habitación y observaba el sol de otoño a través de la pequeña ventana. Se sintió un poco encerrado, solo en ese maldito lugar, pero no por ello dejó de sonreírse con esa sonrisa triste, beatífica, que deshacía hasta el corazón más académico. En especial, el de la doctora Florescu: sí, la mujer estaba locamente enamorada de su sonrisa, sus ojos, la mirada perdida que ponía para ella...
Era un juego magnífico.

Efectivamente, al principio no fue más que eso: un juego. Ahora Simon sabía que estaban en juego premios más importantes; lo que había empezado como una especie de ensayo de detección de mentiras se había convertido en una contienda muy seria: Mc Neal contra la Verdad. La verdad era sencilla: era un tramposo. Escribía todos esos «mensajes de fantasmas» en la pared con pequeñas tiras de plomo que ocultaba bajo su lengua: daba portazos, golpetazos y chillidos sin más motivo que la pura travesura: y los nombres desconocidos que escribía –se reía al pensarlo– eran los que encontraba en los listines telefónicos.
Sí, era ciertamente un juego magnífico.

Ella le había prometido tanto... Lo tentó con la fama, alentando todas las mentiras que inventaba. Promesas de riqueza, de apariciones en programas de televisión, de una adulación que nunca había conocido antes. Siempre que creara los fantasmas.
Sonrió de nuevo con aquella sonrisa. Ella lo llamaba su Intermediario: un inocente transportista de mensajes. Estaría pronto arriba de las escaleras con los ojos sobre su cuerpo y la voz de él a punto de romperse por la excitación patética que sentiría ella ante una nueva sarta de palabras garabateadas y absurdas.

Le gustaba que ella mirara su desnudez, o casi desnudez. Efectuaba todas sus sesiones vestido sólo con unos calzoncillos para impedir cualquier ayuda oculta. Una precaución ridícula. Todo lo que necesitaba eran los plomos debajo de la lengua y la suficiente energía para agitarse durante media hora, bramando a voz en grito.
Estaba sudando. El canal de su esternón estaba empapado de sudor y tenía el cabello pegado a la pálida frente. El trabajo de hoy había sido duro: estaba deseando salir de la habitación, lavarse con agua y dejarse admirar un rato. El Intermediario llevó su mano a los calzoncillos y jugueteó, distraído. En alguna parte de la habitación estaba encerrada una mosca, o tal vez varias. La estación estaba demasiado avanzada para que hubiera moscas, pero las podía oír cerca, en alguna parte. Zumbaban y pasaban rozando la ventana, o alrededor de la bombilla. Oía sus pequeñas voces de mosca pero no le extrañaban, absorto como estaba pensando en el juego o en el simple placer de acariciarse.
Cómo zumbaban las voces de esos insectos inofensivos, zumbaban y cantaban y se lamentaban. ¡Cómo se lamentaban!

Mary Florescu tabaleó la mesa con sus dedos. Su anillo de casada estaba suelto, lo notaba moverse al ritmo de su tamborileo. Unas veces estaba apretado y otras suelto: uno de esos pequeños misterios que nunca había analizado debidamente, sencillamente, lo aceptaba. De hecho hoy estaba muy suelto: casi a punto de caerse. Pensó en la cara de Alan. En la querida cara de Alan. Pensó en ella a través de un agujero hecho en su anillo de casada, como del otro lado de un túnel. ¿Se había parecido a eso su muerte: fue arrastrado cada vez más lejos por un túnel hacia las tinieblas? Se caló más firmemente el anillo. Con las yemas del índice y el pulgar creía apreciar el sabor agrio del metal al tocarlo. Era una sensación curiosa, una ilusión indefinible.
Para disipar la amargura pensó en el muchacho. Su cara se le hacia presente con facilidad, con mucha facilidad, irrumpiendo en su conciencia con aquella sonrisa y aquel físico corriente, aún no viril. Era realmente como una chica, con su redondez, la dulce claridad de su piel, la inocencia.

Sus dedos todavía estaban posados sobre el anillo, y la amargura que había experimentado creció. Miró hacia arriba. Fuller estaba organizando el equipo. Alrededor de su calva cabeza brillaba y zigzagueaba una aureola de luz verde pálido.
De repente se sintió mareada.

Fuller no vio ni oyó nada. Su mente estaba inmersa en los preparativos, absorta. Mary se quedó mirándolo, observando el halo que tenía a su alrededor, sintiendo nuevas sensaciones despertarse en ella, correr por su interior. El aire pareció súbitamente vivo: las moléculas de oxigeno, hidrógeno y nitrógeno se apretaban contra ella en un abrazo intimo. La aureola crecía alrededor de la cabeza de Fuller, encontrando un brillo homólogo en cada objeto de la habitación. La sensación antinatural de sus yemas también crecía. Podía ver el color de su aliento al exhalarlo: era como un resplandor naranja rosado en el aire burbujeante. Podía oír con toda claridad la voz de la mesa de despacho en que estaba sentada: el sordo quejido de su sólida presencia.

El mundo se estaba resquebrajando: llevaba sus sentidos al éxtasis y, al halagarlos, provocaba una tremenda confusión de sus funciones. Era capaz, de repente, de comprender el mundo como un sistema, no político o religioso, sino como un sistema de los sentidos, un sistema que abarcaba desde la carne viva a la madera inerte de la mesa de despacho, al oro rancio de su anillo de bodas.
Y que iba más lejos. Más allá de la madera, más allá del oro. Se había abierto la grieta que conducía a la autopista. Oyó voces dentro de su cabeza que no procedían de ninguna boca viviente.

Miró hacia arriba, o más bien una fuerza le empujó violentamente la cabeza hacia atrás y se encontró mirando el techo. Estaba lleno de gusanos. No. ¡Era absurdo! Y sin embargo parecía estar vivo, hormigueando de vida, vibrando, bailando.
Podía ver al muchacho a través del techo. Estaba sentado en el suelo, con el miembro prominente en la mano. Tenía la cabeza echada hacia atrás, como la suya. Estaba tan perdido en su éxtasis como ella. En su siguiente visión observó cómo la luz palpitante, dentro y alrededor del cuerpo de Simon, indicaba que la pasión se había asentado en sus entrañas y que su cabeza estaba deshecha por el placer.
Vio también otra cosa, la mentira en él, la ausencia de ese poder en el que ella pensó que había algo maravilloso. No tenía talento para comunicarse con los fantasmas ni lo había tenido nunca, lo comprendió claramente. Era un pequeño mentiroso, un niño mentiroso, un dulce, blanco mentiroso, sin compasión o sabiduría para comprender lo que se había atrevido a hacer.
Ahora ya estaba hecho. Se habían contado las mentiras, hecho las trampas, y la gente de la autopista, hartos más allá de la muerte de que se burlaran de ellos y los desvirtuaran, zumbaban en la grieta de la pared, exigiendo satisfacción.
Esa grieta que ella había abierto: en la que ella había metido los dedos y hurgado sin saberlo, abriéndola poco a poco. Su deseo del muchacho lo había conseguido: el que no dejara de pensar en él, su frustración, su acaloramiento –y su disgusto ante ese acaloramiento– habían agrandado la grieta. Entre los poderes que hacían manifestarse al sistema, el amor y su compañera, la pasión, y la compañera de ambos, la pérdida, eran los más fuertes. Y ahí estaba ella, como un encarnamiento de los tres. Queriendo, deseando y dándose cuenta cabal de la imposibilidad de conseguir ambas cosas. Llena de angustia por los sentimientos que se había negado a sí misma, creyendo que sólo quería al muchacho como Intermediario.
¡No era cierto! ¡No era cierto! Lo deseaba, lo deseaba ahora, quería sentirlo dentro de ella. Sólo que ahora era demasiado tarde. No se podía aplazar el tráfico por más tiempo: exigía, sí, exigía tener acceso al pequeño embustero.
Era incapaz de evitarlo. Todo lo que pudo hacer fue emitir un débil grito de horror al ver abrirse ante ella la autopista, y comprendió que la intersección en la que se encontraban no era corriente.

Fuller oyó el ruido.
–¿Doctor?
Levantó su mirada de los preparativos y su cara –teñida de una luz azul que ella podía ver con el rabillo del ojo– adoptó una expresión interrogativa.
–¿Dijo usted algo? –preguntó.
Pensó con un retortijón de estómago cómo tenía que acabar todo aquello.
Las caras etéreas de los fantasmas se dibujaban con claridad ante ella. Podía ver la profundidad de sus sufrimientos y entender que su dolor se hiciera oír.
Comprendió claramente que las autopistas que se cruzaban en la plaza Tollington no eran vulgares calles. No estaba contemplando el tráfico alegre y despreocupado de los muertos ordinarios. No, esta casa daba a un camino sólo hollado por las víctimas y los perpetradores de violencias. Los hombres, mujeres y niños que habían muerto soportando todo tipo de dolores nerviosos tuvieron la agudeza de reunirse, con las circunstancias de sus muertes grabadas en sus espíritus. Elocuentes sin palabras, sus ojos narraban sus angustias, sus cuerpos fantasmales aún llevaban las heridas que los habían matado. También podía ver, mezclados libremente con los inocentes, a sus asesinos y torturadores. Estos monstruos frenéticos, enloquecidos mensajeros sangrientos, miraban el mundo a hurtadillas: criaturas sin par, inefables, milagros olvidados de nuestra especie, parloteaban y aullaban su algarabía.
El muchacho que estaba encima de ella se dio cuenta de su presencia. Lo vio moverse un poco por la habitación silenciosa, sabiendo que las voces que oía no eran voces de moscas, que los lamentos no eran lamentos de insecto. Comprendió de repente que había vivido en un pequeño rincón del mundo y que el resto, los mundos tercero, cuarto y quinto, lo acosaban, hambrientos e irrevocables, mientras estaba tumbado. La visión de su pánico fue también para ella un sabor y un olor. Sí, gozó de él como siempre había deseado, pero no fue un beso lo que unió sus sentidos, sino su creciente pánico. La colmó: su empatía era absoluta. Los dos tenían la mirada espantada; sus secas gargantas emitieron con voz áspera la misma petición:
–Por favor...
Que el niño aprenda.
–Por favor...
Que reciba atenciones y regalos.
–Por favor...
Que hasta los muertos, ¡por supuesto!, que los muertos sepan y obedezcan.
–Por favor...
Esta vez no se concederían esos favores, lo sabía con seguridad. Estos fantasmas se habían sumido en una desesperación afligida durante una eternidad en la autopista, arrastrando las heridas por las que habían muerto y las locuras por las que habían asesinado. Habían soportado su levedad o insolencia, sus estupideces, las maquinaciones que habían trivializado sus sufrimientos. Querían decir la verdad.
Fuller, cuya cara flotaba ahora en un mar de luz naranja palpitante, la estaba observando más de cerca. Notó que le ponía las manos sobre la piel. Sabían a vinagre.
–¿Estás bien? –le preguntó, con un aliento de hierro.
Ella agitó la cabeza.
No, no estaba bien, nada estaba bien.
La grieta se abría por segundos: a través de ella podía ver otro cielo, el cielo pizarroso que encapotaba la autopista. Aplastaba la pequeña realidad de la casa.
–Por favor –dijo, dirigiendo sus ojos a la materia evanescente del techo.
Más profunda. Más profunda.
El frágil mundo que habitaba estaba tenso, a punto de romperse.
Súbitamente se rompió como un dique, y negras aguas irrumpieron inundando la habitación.
Fuller sabía que algo no iba bien (el miedo repentino se le reflejaba en el color de su aureola), pero no comprendía qué estaba pasando. Ella sintió erizarse su espina dorsal; podía ver cómo daba vueltas el cerebro del hombre.
–¿Qué está ocurriendo? –dijo.
Lo patético de su pregunta hizo sonreír a Mary.
Arriba se destrozó el aguamanil del despacho.
Fuller la dejó tal cual y corrió hacia la puerta. Al acercarse a ella empezó a traquetear y agitarse, como si todos los habitantes del infierno la estuvieran golpeando desde el otro lado. El pomo daba vueltas y vueltas y más vueltas. La pintura se llenó de ampollas. La llave brillaba, al rojo vivo.
Fuller miró de nuevo a la doctora, que todavía conservaba aquella grotesca postura, la cabeza atrás y los ojos como platos.

Fue a coger el pomo, pero la puerta se abrió antes de que pudiera tocarlo. El vestíbulo que se encontraba detrás también había desaparecido. Donde solía haber un interior familiar la perspectiva de la autopista se extendía hasta el horizonte. Esta visión mató instantáneamente a Fuller. Su mente no fue capaz de asimilar el panorama –no pudo controlar la sobrecarga que se acumuló en cada uno de sus nervios–. Su corazón se detuvo; una revolución trastornó el orden de su sistema; su vejiga falló, su intestino falló, sus miembros se contrajeron y se desplomó. Según caía al suelo, su cara empezó a cubrirse de ampollas, como la puerta, y su cadáver traqueteó como el pomo. Ya era materia inerte: tan apropiada para ese ultraje como la madera o el acero.

Su alma se unió a la autopista de los lacerados en alguna parte del Este, camino de la intersección donde había muerto un momento antes.
Mary Florescu supo que estaba sola. Por encima de ella, el maravilloso muchacho, su hermoso, tramposo niño se retorcía y chillaba mientras los muertos ponían sus manos vengadoras sobre la piel fresca. Ella sabía su intención: la podía ver en sus ojos –no había nada nuevo en ella–. Cada historia tenía en su tradición este tormento particular. Iba a ser utilizado para grabar sus testamentos. Iba a ser su página, el receptáculo de sus autobiografías. Un libro de sangre. Un libro hecho con sangre. Un libro escrito con sangre. Pensó en los libros mágicos que se habían fabricado con piel de hombre muerto: los había visto, los había tocado. Pensó en los tatuajes que había visto: algunos de ellos exhibían monstruos, otros los llevaban simples trabajadores descamisados en la calle, con un mensaje para sus madres grabado en la espalda. El hecho de escribir un libro de sangre no le era desconocido.
Pero hacerlo sobre una piel parecida, una piel tan reluciente, ¡Dios mío, ése era el crimen! Gritaba mientras los afilados trozos de cristal de la jarra rota lo torturaban, rebotaban en su carne, abriendo surcos en ella. Sentía los sufrimientos del muchacho en su propia carne, y no eran tan terribles...
Sin embargo, gritaba. Y luchaba, y lanzaba obscenidades a sus atacantes. Éstos no le hacían caso. Hormigueaban a su alrededor, sordos a cualquier súplica o ruego, y trabajaban sobre él con el entusiasmo de criaturas forzadas demasiado tiempo al silencio. Mary oyó cómo iban remitiendo los lamentos de Simon y luchó contra el peso del miedo sobre sus miembros. Por alguna razón sentía que debía subir a la habitación. No importaba qué hubiera detrás de la puerta o en la escalera; él la necesitaba y eso era suficiente.

Se levantó y notó cómo le caía el pelo en remolinos, desgranándose como la pelambrera de serpientes de la medusa Gorgona. Se dio cuenta de la situación: apenas podía ver el piso que había debajo de ella. Los tablones eran de madera fantasmal y por detrás de ellos se extendía ante su vista una tiniebla en ebullición que rugía. Miró a la puerta, sintiendo un continuo letargo muy difícil de combatir.
Estaba claro que no la querían allá arriba. «A lo mejor –pensó– me tienen un poco de miedo.» La idea le infundió resolución; ¿por qué se iban a molestar en intimidarla si su mera presencia, una vez abierta esa brecha en el mundo, no era una amenaza para ellos?
La puerta llena de ampollas estaba abierta. Detrás de ella la realidad de la casa había sucumbido por completo al caos estruendoso de la autopista. La atravesó concentrándose en la forma en que sus pies aún tocaban terreno sólido, aunque sus ojos ya no pudieran verlo. Por encima de ella, el cielo era azul prusia; la autopista, ancha y ventosa, y los muertos se apelotonaban a ambos lados. Se abrió camino entre ellos como a través de una masa de hombres vivos, mientras sus rostros boquiabiertos e idiotas la miraban maldiciendo su invasión.

El «por favor» había desaparecido. Ahora no decía nada; sólo rechinaba los dientes y fijaba los ojos en la autopista, avanzando a paso firme para encontrarse con la escalera que, lo sabía, se encontraba ahí. Tropezó al tocarla y se alzó un aullido de la multitud. No pudo distinguir si se reían de su torpeza o la advertían de que había ido demasiado lejos.
Primer escalón. Segundo. Tercero.

Aunque la atacaban por todas partes, estaba venciendo a la muchedumbre. Enfrente suyo podía ver a través de la puerta de la habitación donde su pequeño mentiroso estaba tumbado, rodeado de agresores. Los calzoncillos le colgaban de los tobillos: la escena se parecía a una especie de violación. Ya no gritaba, pero sus ojos estaban desorbitados a causa del dolor y del terror. Por lo menos todavía estaba vivo. Su joven cerebro, a pesar de su resistencia natural, había aceptado a medias el espectáculo que se había desencadenado ante él.

De pronto sacudió la cabeza y la miró directamente a través de la puerta. En esa parte del cuerpo había desarrollado un verdadero talento, una habilidad que era una fracción de la de Mary, pero suficiente para ponerle en contacto con ella. Sus miradas se encontraron. En un océano de oscuridad azul, rodeados por todas partes por una civilización que no comprendían ni conocían, sus corazones llenos de vida se encontraron y se unieron.

–Lo siento –dijo en silencio. Daba una lástima infinita–. Lo siento, lo siento. –Miró a otra parte, arrancó su mirada de la de ella.

Estaba segura de que tenía que estar en lo alto de la escalera, con los pies sobre el aire, por lo que le decían sus ojos, y las caras de los viajeros encima, debajo y a cada lado de ella. Pero podía ver, muy vagamente, el contorno de la puerta y los tablones y vigas de la habitación donde yacía Simon. Ya era una masa de sangre, de la cabeza a los pies. Podía ver las marcas, los jeroglíficos de la angustia en cada pulgada de su pecho, su cara, sus miembros. Por un momento pareció brillar en una especie de epicentro, y pudo verlo en la habitación vacía, con el sol en la ventana y la jarra rota a su lado. Entonces vacilaba su concentración y, en lugar de eso, veía al mundo invisible vuelto visible; él colgaba en el aire mientras le escribían por todas partes, arrancándole el pelo de la cabeza y el cuerpo para limpiar la página, escribían en sus axilas, en sus párpados, en sus genitales, en los pliegues de sus nalgas, en las plantas de sus pies.
Sólo las heridas coincidían en las dos visiones. Lo viera rodeado de torturadores o solo en la habitación, sangraba y sangraba.

Ya había llegado a la puerta. Alargó una mano temblorosa para tocar la sólida realidad del pomo, pero por mucho que se concentrara no podía conseguir que se volviera nítido; aunque fue suficiente que se fijara en una mera imagen fantasmal. Agarró el pomo, le dio la vuelta y abrió la puerta del despacho.
Ahí estaba, frente a ella. No los separaban más que dos o tres yardas de aire poseído. Sus ojos se volvieron a encontrar e intercambiaron una elocuente mirada, común al mundo de los vivos y de los muertos. Había compasión en esa mirada, y amor. Las ficciones desaparecieron, las mentiras quedaron reducidas a cenizas. En lugar de las sonrisas manipuladoras del chico había una auténtica dulzura, que tenía réplica en la cara de Mary.

Y los muertos, temerosos de esa mirada, apartaron la vista. Sus rostros se endurecieron, como si les estuvieran tensando la piel sobre los huesos, su carne se volvió negra como una magulladura, sus voces tristes ante la previsión de la derrota. Intentó tocarlo, pues ya no tenía que luchar contra las huestes de los muertos; se estaban cayendo de cada lado de su presa, como moscas muertas que se despegaron de una ventana.

Le tocó ligeramente la cara. Su caricia fue una bendición. Los ojos se le llenaron de lágrimas, que cayeron por su mejilla desollada, mezclándose con la sangre.
Los muertos ya no tenían voz, ni siquiera boca. Estaban perdidos en la autopista; su maldad había sido contenida.

Plano a plano, la habitación empezó a restaurarse. Las planchas del suelo, todos los clavos, todos los tablones manchados, se hicieron visibles bajo su cuerpo sollozante. Reaparecieron las ventanas –y, fuera, la calle crepuscular repitió el eco del clamor de los niños–. La autopista había desaparecido por completo de la vista de los vivos. Los viajeros hablan vuelto la mirada hacia la oscuridad y se habían sumergido en el olvido, dejando sólo sus signos y talismanes en el mundo tangible. En mitad del rellano del número 65, sus pies, al pasar por la intersección, tropezaron casualmente con el cuerpo humeante y lleno de ampollas de Reg Fuller. Por fin, el alma de Fuller pasó entre la muchedumbre y echó una ojeada a la carne que había ocupado una vez, antes de que la multitud le empujara hacia el tribunal donde sería juzgado.

Arriba, en la habitación que se ensombrecía, Mary Florescu se arrodilló al lado del joven Mc Neal y acarició su cabeza pegajosa de sangre. No quería abandonar la casa en busca de ayuda hasta que estuviera segura de que los torturadores no volverían. Ya no había más ruido que el zumbido de un reactor buscando su camino por la estratosfera hacia la mañana. Hasta la respiración del muchacho era silenciosa y regular. Ningún halo de luz lo rodeaba. Todos los sentidos estaban indemnes. Vista. Oído. Tacto.
Tacto.

Lo tocó ahora como nunca se había atrevido a hacerlo antes, rozando ligerísimamente su cuerpo con las yemas, haciendo correr los dedos por su piel levantada como una mujer ciega que leyera Braille. Había palabras diminutas en cada milímetro de su cuerpo, escritas por una multitud de manos. Incluso a través de la sangre podía distinguir con cuánta meticulosidad lo habían desgarrado las palabras. Incluso podía leer, bajo la luz mortecina, alguna frase ocasional. Era una prueba que estaba más allá de toda duda, y deseó, ¡oh, Dios, cuánto lo deseó!, no haberla conseguido jamás. Y, sin embargo, después de esperarla toda una vida, ahí estaba: la revelación de una vida más allá de la carne, escrita sobre la propia carne.

El muchacho sobreviviría, eso estaba claro. La sangre ya se iba secando y la miríada de heridas sanaban. Después de todo, era sano y fuerte: no tendría ninguna lesión física grave. Su belleza había desaparecido para siempre, por supuesto. A partir de ahora sería, en el mejor de los casos, objeto de curiosidad y, en el peor, de repugnancia y horror. Pero lo protegería y, con el tiempo, él aprendería a conocerla y confiar en ella. Sus corazones estaban inextricablemente unidos.
Después de cierto tiempo, cuando las palabras de su cuerpo fueran costras y cicatrices, ella lo leería. Seguiría, con amor y paciencia infinitos, las historias que los muertos habían contado encima de él.

El cuento, escrito en su abdomen en un estilo agradable, fluido. El testimonio, impreso con exquisitez y elegancia, que cubría su rostro y su cráneo. La historia en su espalda, en su espinilla, en sus manos.
Las leería todas, las explicaría todas, hasta la última sílaba que reluciera y se deslizara bajo sus dedos adoradores, para que el mundo conociera las historias que cuentan los muertos.

Él era un Libro de Sangre, y ella su única traductora.
Al caer la oscuridad, abandonó la vigilia y lo guió, desnudo, hacia la noche reparadora.

He aquí, pues, las historias escritas en el Libro de Sangre. Léalas, si le gustan, y aprenda.

Son un mapa de esa oscura autopista que conduce más allá de la vida, a destinos desconocidos. Pocos deberán seguirla. Los más andarán pacíficamente por calles iluminadas, acompañados en su tránsito por rezos y caricias. Pero a unos pocos, los elegidos, les llegarán los horrores, brincando para llevárselos a la autopista de los condenados.

Así que lea. Lea y aprenda.
Después de todo, es bueno estar preparado para lo peor y sabio aprender a andar antes de perder el aliento.



Technorati tags:Clive Barker, Hellraiser, Autores de terror

9/20/2005

AUTORES- Hector Hugh Munro (Saki)

Inauguramos esta serie de posts dedicados a autores del género con una colaboración de nuestro amigo Albino Hernández, que viene acompañada de un relato, espero la disfruten.



Breve Biografía

1870- 1916.
Escritor ingles. Comenzó su carrera escribiendo sátiras políticas. Conocido por sus cuentos cortos, con frecuencia cínicos y bizarros. Participo en la primera guerra mundial donde resulto muerto.

Citas:El es una de esas personas que será mejorado, enormemente, por la muerte.





Bibliografía:

Colecciones:

  • Reginald
  • The Short Stories of Saki,
  • The Chronicles of Clovis
  • Beasts and Super-Beasts
  • The Novels and Plays of Saki
  • Humor , Horror, and supernatural.

Novelas:
  • The Unbeareable Bassington
  • When Wiliam Came



Sredni Vashtar.


T.H.Munro (Saki)


Conradín tenía diez años y, según la opinión profesional del médico, el niño no viviría cinco años más. Era un médico afable, ineficaz, poco se le tomaba en cuenta, pero su opinión estaba respaldada por la señora De Ropp, a quien debía tomarse en cuenta. La señora De Ropp, prima de Conradín, era su tutora, y representaba para él esos tres quintos del mundo que son necesarios, desagradables y reales; los otros dos quintos, en perpetuo antagonismo con aquéllos, estaban representados por él mismo y su imaginación. Conradín pensaba que no estaba lejos el día en que habría de sucumbir a la dominante presión de las cosas necesarias y cansadoras: las enfermedades, los cuidados excesivos y el interminable aburrimiento. Su imaginación, estimulada por la soledad, le impedía sucumbir.

La señora De Ropp, aun en los momentos de mayor franqueza, no hubiera admitido que no quería a Conradín, aunque tal vez habría podido darse cuenta de que al contrariarlo por su bien cumplía con un deber que no era particularmente penoso.

Conradín la odiaba con desesperada sinceridad, que sabía disimular a la perfección. Los escasos placeres que podía procurarse acrecían con la perspectiva de disgustar a su parienta, que estaba excluida del reino de su imaginación por ser un objeto sucio, inadecuado.

En el triste jardín, vigilado por tantas ventanas prontas a abrirse para indicarle que no hiciera esto o aquello, o recordarle que era la hora de ingerir un remedio, Conradín hallaba pocos atractivos. Los escasos árboles frutales le estaban celosamente vedados, como si hubieran sido raros ejemplares de su especie crecidos en el desierto. Sin embargo, hubiera resultado difícil encontrar quien pagara diez chelines por su producción de todo el año. En un rincón, casi oculta por un arbusto, había una casilla de herramientas abandonada, y en su interior Conradín halló un refugio, algo que participaba de las diversas cualidades de un cuarto de juguetes y de una catedral. La había poblado de fantasmas familiares, algunos provenientes de la historia y otros de su imaginación; estaba también orgulloso de alojar dos huéspedes de carne y hueso. En un rincón vivía una gallina del Houdán, de ralo plumaje, a la que el niño prodigaba un cariño que casi no tenía otra salida. Más atrás, en la penumbra, había un cajón, dividido en dos compartimentos, uno de ellos con barrotes colocados uno muy cerca del otro. Allí se encontraba un gran hurón de los pantanos, que un amigo, dependiente de carnicería, introdujo de contrabando, con jaula y todo, a cambio de unas monedas de plata que guardó durante mucho tiempo. Conradín tenía mucho miedo de ese animal flexible, de afilados colmillos, que era, sin embargo, su tesoro más preciado. Su presencia en la casilla era motivo de una secreta y terrible felicidad, que debía ocultársele escrupulosamente a la Mujer, como solía llamar a su prima. Y un día, quién sabe cómo, imaginó para la bestia un nombre maravilloso, y a partir de entonces el hurón de los pantanos fue para Conradín un dios y una religión.

La Mujer se entregaba a la religión una vez por semana, en una iglesia de los alrededores, y obligaba a Conradín a que la acompañara, pero el servicio religioso significaba para el niño una traición a sus propias creencias. Pero todos los jueves, en el musgoso y oscuro silencio de la casilla, Conradín oficiaba un místico y elaborado rito ante el cajón de madera, santuario de Sredni Vashtar, el gran hurón. Ponía en el altar flores rojas cuando era la estación y moras escarlatas cuando era invierno, pues era un dios interesado especialmente en el aspecto impulsivo y feroz de las cosas; en cambio, la religión de la Mujer, por lo que podía observar Conradín, manifestaba la tendencia contraria.

En las grandes fiestas espolvoreaba el cajón con nuez moscada, pero era condición importante del rito que las nueces fueran robadas. Las fiestas eran variables y tenían por finalidad celebrar algún acontecimiento pasajero. En ocasión de un agudo dolor de muelas que padeció por tres días la señora De Ropp, Conradín prolongó los festivales durante todo ese tiempo, y llegó incluso a convencerse de que Sredni Vashtar era personalmente responsable del dolor. Si el malestar hubiera durado un día más, la nuez moscada se habría agotado.

La gallina del Houdán no participaba del culto de Sredni Vashtar. Conradín había dado por sentado que era anabaptista. No pretendía tener ni la más remota idea de lo que era ser anabaptista, pero tenía una íntima esperanza de que fuera algo audaz y no muy respetable. La señora De Ropp encarnaba para Conradín la odiosa imagen de la respetabilidad.

Al cabo de un tiempo, las permanencias de Conradín en la casilla despertaron la atención de su tutora.

-No le hará bien pasarse el día allí, con lo variable que es el tiempo -decidió repentinamente, y una mañana, a la hora del desayuno, anunció que había vendido la gallina del Houdán la noche anterior. Con sus ojos miopes atisbó a Conradín, esperando que manifestara odio y tristeza, que estaba ya preparada para contrarrestar con una retahíla de excelentes preceptos y razonamientos. Pero Conradín no dijo nada: no había nada que decir. Algo en esa cara impávida y blanca la tranquilizó momentáneamente. Esa tarde, a la hora del té, había tostadas: manjar que por lo general excluía con el pretexto de que haría daño a Conradín, y también porque hacerlas daba trabajo, mortal ofensa para la mujer de la clase media.

-Creí que te gustaban las tostadas -exclamó con aire ofendido al ver que no las había tocado.
-A veces -dijo Conradín.

Esa noche, en la casilla, hubo un cambio en el culto al dios cajón. Hasta entonces, Conradín no había hecho más que cantar sus oraciones: ahora pidió un favor.
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
No especificó su pedido. Sredni Vashtar era un dios, y un dios nada lo ignora. Y ahogando un sollozo, mientras echaba una mirada al otro rincón vacío, Conradín regresó a ese otro mundo que detestaba.
Y todas las noches, en la acogedora oscuridad de su dormitorio, y todas las tardes, en la penumbra de la casilla, se elevó la amarga letanía de Conradín:
-Una sola cosa te pido, Sredni Vashtar.
La señora De Ropp notó que las visitas a la casilla no habían cesado, y un día llevó a cabo una inspección más completa.

-¿Qué guardas en ese cajón cerrado con llave? -le preguntó-. Supongo que son conejitos de la India. Haré que se los lleven a todos.
Conradín apretó los labios, pero la mujer registró su dormitorio hasta descubrir la llave, y luego se dirigió a la casilla para completar su descubrimiento. Era una tarde fría y Conradín había sido obligado a permanecer dentro de la casa. Desde la última ventana del comedor se divisaba entre los arbustos la casilla; detrás de esa ventana se instaló Conradín. Vio entrar a la mujer, y la imaginó después abriendo la puerta del cajón sagrado y examinando con sus ojos miopes el lecho de paja donde yacía su dios. Quizá tantearía la paja movida por su torpe impaciencia. Conradín articuló con fervor su plegaria por última vez. Pero sabía al rezar que no creía. La mujer aparecería de un momento a otro con esa sonrisa fruncida que él tanto detestaba, y dentro de una o dos horas el jardinero se llevaría a su dios prodigioso, no ya un dios, sino un simple hurón de color pardo, en un cajón. Y sabía que la Mujer terminaría como siempre por triunfar, y que sus persecuciones, su tiranía y su sabiduría superior irían venciéndolo poco a poco, hasta que a él ya nada le importara, y la opinión del médico se vería confirmada. Y como un desafío, comenzó a cantar en alta voz el himno de su ídolo amenazado:

Sredni Vashtar avanzó:Sus pensamientos eran pensamientos rojos y sus dientes eran blancos.Sus enemigos pidieron paz, pero él le trajo muerte. Sredni Vashtar el hermoso.
De pronto dejó de cantar y se acercó a la ventana.
La puerta de la casilla seguía entreabierta. Los minutos pasaban. Los minutos eran largos, pero pasaban. Miró a los estorninos que volaban y corrían por el césped; los contó una y otra vez, sin perder de vista la puerta. Una criada de expresión agria entró para preparar la mesa para el té. Conradín seguía esperando y vigilando. La esperanza gradualmente se deslizaba en su corazón, y ahora empezó a brillar una mirada de triunfo en sus ojos que antes sólo habían conocido la melancólica paciencia de la derrota. Con una exultación furtiva, volvió a gritar el peán de victoria y devastación. Sus ojos fueron recompensados: por la puerta salió un animal largo, bajo, amarillo y castaño, con ojos deslumbrados por la luz del crepúsculo y oscuras manchas mojadas en la piel de las mandíbulas y del cuello. Conradín se hincó de rodillas. El Gran Hurón de los Pantanos se dirigió al arroyuelo que estaba al extremo del jardín, bebió, cruzó un puentecito de madera y se perdió entre los arbustos. Ese fue el tránsito de Sredni Vashtar.

-Está servido el té -anunció la criada de expresión agria-. ¿Dónde está la señora?
-Fue hace un rato a la casilla -dijo Conradín.
Y mientras la criada salió en busca de la señora, Conradín sacó de un cajón del aparador el tenedor de las tostadas y se puso a tostar un pedazo de pan. Y mientras lo tostaba y lo untaba con mucha mantequilla, y mientras duraba el lento placer de comérselo, Conradín estuvo atento a los ruidos y silencios que llegaban en rápidos espasmos desde más allá de la puerta del comedor. El estúpido chillido de la criada, el coro de interrogantes clamores de los integrantes de la cocina que la acompañaba, los escurridizos pasos y las apresuradas embajadas en busca de ayuda exterior, y luego, después de una pausa, los asustados sollozos y los pasos arrastrados de quienes llevaban una carga pesada.

-¿Quién se lo dirá al pobre chico? ¡Yo no podría! -exclamó una voz chillona.
Y mientras discutían entre sí el asunto, Conradín se preparó otra tostada.

FIN.


Technorati tags: Saki, T.H. Munro, Sredni Vashtar, Autores de Terror

  © Blogger template por Emporium Digital 2008

De vuelta hacia ARRIBA