10/26/2005

RESEÑA - Pequeño, Grande


John Crowley (Nueva York, 1942) es uno de los más prolíficos y reconocidos escritores norteamericanos del género. Ganador del World Fantasy award por esta obra(1981), nos lleva en un paseo familiar de proporciones extraordinarias en esta novela.

Pequeño, grande Se inicia en el mismo tono de un cuento de hadas, que uno puede sentir en el tono de su redacción, amable y lineal, aunque con una trama que progresa a saltos y cuanto más cerca al final, es más vertiginosa en su estilo.

La historia se inicia con el viaje de casamiento de Smoky Barnable, prueba impuesta por la familia de su pretendida, la rubicunda beldad Daily Alice Drinkwater, quien es considerablemente más alta que él.

Este es el inicio de una aventura que nos lleva a la misteriosa Edgewood, mansión que corona el centro de un pentáculo (figura mágica bastante conocida), y donde más de un secreto se oculta.

Edgewood no es una casa ni una mansión particular, es un espacio donde diversas tendencias arquitectónicas se mezclan, formando un conjunto de indudable exotismo pero cuyas partes poseen un valor estético propio, enmarcado dentro de un estilo conocido.

Esto mismo puede decirse de los personajes de la historia, comenzando con el primer acto (la novela está dividida en cinco actos o partes, en la que varios personajes se reparten el peso argumental) centrado en las particularidades de la casa y la familia Drinkwater, comenzando con el padre de Alice, John Storm Drinkwater, hijo ilegitimo de August Drinkwater, famoso por sus dotes de seductor, que tenían algo que ver con la ayuda de ciertos entes sobrenaturales, cuya presencia no explicitada le da forma a la trama.

Así, somos testigos de la obsesión de Auberon Drinkwater, quien usaba a sus propias sobrinas, fotografiándolas desnudas cuando niñas para atraer la atención de esos seres, que parecen estar unidos al destino de los Drinkwater por algo llamado "El cuento," que gobierna sus vidas pero que no puede ser conocido realmente, salvo por señas indirectas, como las extrañas cartas de la tía Cloud, que se asemejan al Tarot, pero con figuras muy distintas y que recuerdan a personajes legendarios.

La historia, poseedora de un enfásis extraordinario en los detalles y las emociones de los personajes, fluye a través de las diversas texturas de explicación que los personajes emplean para liar con la constante sorpresa del mundo a su alrededor, y que está plagado de rituales reales o imaginarios para sobrellevarlo, como un perludio a la iniciación en algún misterio mayor, que por cierto existe.

Y es que, Pequeño, Grande trata de nada menos de la construcción de una mitología, o en todo caso, de su reconstrucción y es precisamente ello de lo que se trata "el cuento" la historia por la cual, un mundo sumido en la razón y la extrañeza vuelve a abrazar la magia de una naturaleza que, agredida, contrataca sutilmente y sin cejar.

Se puede hacer un parangón en este sentido, con la obra de Gabriel García Marquez,Cien Años de Soledad, Con la cual comparte elementos más que obvios, veamos:

1. La Predestinación, los objetos que demuestran, mediante claves esotéricas, que la mano del destino es inexorable, así como los rollos de Melquiades contienen la verdad de la familia Buendía, El cuento de los Drinkwater, o mejor dicho, la tierra de los Drinkwater (como Smoky averigua al final de la historia) oculta el dstino y propósito de sus vidas y sus esfuerzos.

2. El afán por el asombro, lo improbable es cierto y puede ocurrir en Edgewood, siendo los designios del cuento inescrutables y a veces dolorosamente incomprensibles. Como la desaparición de la hija de Sophie Drinkwater, Lilac, para actuar su parte en el plan.

3. Profusidad en los detalles y personajes, Pequeño, grande es una novela abundante en descipciones que van desde la Arqitectura de Edgewod hasta los pormenores de los momentos de intimidad entre los personajes.

Comparaciones aparte, el texto está dividido en cinco partes (o libros) que se centran en un respectivo personaje, así, en los dos primeros, es el punto de vista de Smoky el que prevalece, sin embargo, en el tercero y el cuarto, situados en el tiempo a veinticinco años de los anteriores, toma la voz narrativa su hijo menor Auberon, quien ha ido a la ciudad a buscar su destino. Por último, en el acto final, son varios los personajes que narran la historia, pero la presencia de la madre de Auberon, Daily Alice Drinkwater,es fundamental.

En resumen, un libro complejo, escrito como cuento de hadas, que habla principalmente de amor, familia y destino, y de las paradojas que la vida tiene, enseñándonos a redescubrir lo mágico en cada uno de nosotros, que podemos encontrar en la belleza del instante.

John Crowley, Pequeño grande, Little big, fantasía

10/20/2005

Los zombies de George A. Romero


Tengo un motivo más para morir tranquilo, y es que he visto completa la tetralogía sobre zombies que ha filmado, a lo largo de los últimos años, George A. Romero.

Su mítica “La noche de los muertos vivientes” (1968), tiene el aura maldita de no haberse estrenado comercialmente en Perú, aunque gracias al cable, y en su momento, al Canal 11 de Ricardo Belmont, pudo verse en la televisión. Filmada en blanco y negro, nos ofrece la génesis de un mundo de zombies: la explosion de una nave espacial de regreso a la Tierra, probable portadora de una radiación de origen desconocido, hace que los muertos recientes se levanten de sus tumbas con el objetivo de comerse a los vivos. Así empieza...
Parece mentira que una situación tan truculenta pueda desencadenar una sensación contínua de horror y angustia. Pese a que los zombies son lentos y torpes, los humanos no pueden contra ellos. Así, un grupo reducido se refugiará en una casa para ir muriendo de uno en uno, ya sea a manos de los zombies, ya sea por sus propias tensiones o miedos. Como en el resto de los filmes, los roles protagónicos son grupales y mixtos: están conformados por hombres y mujeres, blancos y negros. Pasada “La noche de los muertos vivientes”, los zombies pasan a convertirse en un peligro menor y evitable, pues se descubre que disparándoles al cerebro, “mueren”.


Sin embargo, en “El amanecer de los muertos vivientes” (Dawn of the living dead, 1978), las cosas no han sido tan simples. El número de zombies se incrementa, obligando a los humanos a replegarse en refugios. Un grupo de sobrevivientes integrado por una mujer y tres hombres que viven en sospechosa armonía se refugia en un gran centro comercial, donde cuentan con todo lo necesario para sobrevivir: alimentos, ropa, energía, entretenimiento.... los zombies rondan, pero carecen de iniciativa e ingenio para intentar alguna solución contra las barreras del centro comercial... hasta que por accidente, logran entrar. Pero, sorpresivamente, la gran mayoría de zombies se dedica únicamente a deambular por los inmensos espacios comerciales, observando con aparente curiosidad los escaparates y usando las escaleras mecánicas. “Es posible que cuando estaban vivos, venir al centro comercial fuera su única diversión. Ahora que están muertos, siguen viniendo aunque no saben por qué”. Este comentario de uno de los protagonistas es terriblemente irónico y agudo. En efecto, ¿qué diferencia hay entonces entre estar vivo y estar muerto, si la existencia se limita a un ir y venir por un centro comercial escuchando música ambiental? Resultamos siendo tan “zombies” como los muertos vivientes. Tras un largo interludio en el cual nuestros protagonistas disfrutan (acaso al igual que los zombies) de todos los bienes ofrecidos por la sociedad de consumo, otro grupo de humanos hará su aparición, destruyendo con su codicia esta relación de buena vecindad. Una pareja, compuesta por una blanca y un negro, logrará escapar hacia un posible lugar mejor (en todas las películas, los protagonistas “saben” de la existencia de regiones donde no hay zombies).


Tras el amanecer, siguió “El día de los muertos vivientes” (Day of the dead, 1985), en el que nuestros zombies se hacen más numerosos y los humanos más escasos. Esta vez, los sobrevivientes de turno están refugiados dentro de instalaciones militares, coexistiendo tensamente con civiles y científicos. Como buenos militares, intentan desarrollar una estrategia para acabar con los zombies, pero en buena cuenta, solo les sirve para sobrevivir. Mientras tanto, uno de los científicos ha iniciado una serie de experimentos con la finalidad de analizar el comportamiento de los zombies, logrando cierto éxito (y una relación casi paternal) con uno de ellos. Dentro de la atmósfera de tensión y reclusión de esta película, hay un espacio de humor (bueno, hay varios, pero en este caso, no se trata de humor negro) cuando vemos al zombie intentar afeitarse o aprendiendo a utilizar un walkman. Sin embargo, estos avances no significan nada para los militares, quienes solo piensan en términos de amigo-enemigo. Otra vez, sus miedos y ambiciones contribuirán a desencadenar la tragedia, cuando un grupo de zombies mantenidos en cautiverio para experimentar se libere, ocupando las instalaciones militares y permitiendo el ingreso de sus “colegas” del exterior. Nuevamente, una pareja conformada por una blanca y un negro logran huir en búsqueda del paraíso sin zombies, simbolizado por las islas del sur... “El día de los muertos vivientes” parecía ser el final de la serie, pues la idea, aparentemente, no daba para más.

“La tierra de los muertos vivientes” (Land of dead, 2005) es, más que una digna continuación, un cambio de perspectivas y – si se quiere-, un manifiesto en pro de la convivencia pacífica entre seres diferentes, o al menos, tan diferentes como pueden ser los vivos y los muertos
Con jugada maestra, Romero da una vuelta de tuerca completa y hace que el espectador simpatice más con los zombies que con los humanos. Éstos últimos han logrado refugiarse en una ciudad rodeada por dos ríos y una gran valla que la hace inexpugnable a los zombies. La vida dentro de esta ciudad, empero, dista de ser idílica, y no por la existencia de los muertos vivientes, sino por que reproduce todos los vicios de la humanidad: corrupción política, divisiones sociales absurdas, crimen organizado, policía represora... A diferencia de otras entregas, aparecen latinos en escena (John Leguizamo hace de “Cholo”, un matón que lleva un tatuaje de algo que parece un tumi en un hombro), y como homenaje, Asia Argento (hija de Darío Argento, cineasta italiano cuya película “Infierno” no me cansaré de recomendar nunca) y Tom Savini (el zombie del machete), director también de películas italianas de zombies.
Los humanos de la ciudad basan parte de su subsistencia en incursiones ocasionales a otras ciudades, pobladas definitivamente por zombies. Estos zombies, conscientes de la ausencia de seres humanos que comer, se dedican a deambular por ahí, acaso reconstruyendo lo que les queda de memoria. Así, un grupo de zombies integra una retreta en un parque intentando tocar penosamente instrumentos musicales. Una pareja que en vida fueron novios o enamorados pasea de la mano, y así... Este edén zombie es interrrumpido por la presencia ocasional de humanos que, habiéndoles perdido el miedo, saben distraerlos con fuegos artificiales que vuelven a los zombies más pasivos que lo habitual , al punto de ignorar la presencia de la codiciada carne humana fresca. Lo malo es que no faltan humanos fastidiosos que, por puro gusto, gastan bromas a los zombies (les arrancan miembros o los matan). Un zombie es asesinado por un grupo de motociclistas, ante la vista de un muerto viviente que en vida fuera un negro y fornido operario de una estación de gasolina. Este zombie “reacciona” de manera distinta a los demás. Muestra ira ante el maltrato de los humanos, y razona que estos provienen de la ciudad aislada, cuyo edificio más alto (y plenamente iluminado) brilla como un faro que guía a un grupo cada vez más creciente de zombies, liderados por el zombie grifero. El enfrentamiento entre zombies y humanos, empero, es menos cruento que el enfrentamieto entre humanos, incapaces de mostrar la determinación y fidelidad que muestran los zombies entre sí. Los protagonistas, un grupo de descontentos con el sistema, deberán optar entre escapar o quedarse para ayudar a la población inocente. La escena más significativa de esta película es aquella en la que, teniendo a un grupo de zombies en la mira, los protagonistas humanos (también los hay) deciden no eliminarlos, pues los consideran que, al igual que ellos, simplemente buscan un lugar donde vivir (por cierto, para esta entrega, el paraíso terrenal está en las desoladas tierras canadienses).
Como en las otras películas (excepto la primera), la humanidad (y los zombies) siguen moviéndose...

Daniel Salvo

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10/18/2005

AUTORES- Algernon Blackwood

Una nueva colaboración de Kala Azar, ahora acerca del autor inglés Algernon Blackwood


Algernon Blackwood
(1869- 1951)

Ingles, Maestro del cuento preternatural, fue un prolífico autor de fantasía y terror. Su cuento “The Willows” es considerado una de las mejores obras jamás escritas en el terreno de lo sobrenatural.
H. P. Lovecraft dice de el: "Comprende, mejor que nadie, cuán plenamente viven algunos espíritus sensibles en el límite del sueño, y cuán relativamente leve es la distinción entre las imágenes formadas por objetos reales y las suscitadas por el fuego de la imaginación".

Bibliografía (en español)

  • La Casa Vacía
  • El Valle Perdido
  • Culto secreto y otros relatos
  • John Silence, investigador de lo oculto.


Transición

Algernon Blackwood


John Mudbury regresaba de sus compras con los brazos llenos de regalos navideños. Eran las siete pasadas y las calles estaban atestadas de gente. Era un hombre corriente, vivía en un piso corriente de las afueras, con una mujer corriente y unos hijos corrientes. Él no los consideraba corrientes, aunque sí los demás. Traía un regalo corriente a cada uno: una agenda barata para su mujer, una pistola de aire comprimido para el chico y así sucesivamente. Tenía más de cincuenta años, era calvo, oficinista, honesto de hábitos y manera de pensar, de opiniones inseguras, ideas políticas inseguras e ideas religiosas inseguras. Sin embargo, se tenía a sí mismo por un caballero firme y decidido, sin percatarse de que la prensa matinal determinaba sus opiniones del día. Y vivía... al día. Físicamente estaba bastante sano, salvo el corazón, que lo tenía débil (cosa que nunca le preocupó); y pasaba las vacaciones de verano jugando mal al golf, mientras sus hijos se bañaban y su mujer leía a Garvice tumbada en la arena. Como la mayoría de los hombres, soñaba, ociosamente con el pasado, se le escapaba embarulladamente el presente, e intuía vagamente -tras alguna que otra lectura imaginativa- el futuro.

-Me gustaría sobreexistir -decía- si la otra vida fuera mejor que ésta -mirando a su mujer y sus hijos, y pensando en el trabajo diario-. ¡Si no...! -y se encogía de hombros como hace todo hombre valeroso.

Acudía a la iglesia con regularidad. Pero nada en la iglesia lo convencía de que iba a subsistir en la otra vida, ni le inclinaba a esperar tal cosa. Por otra parte, nada en la vida lo convencía de que no fuera o no pudiera ser así. «Soy evolucionista», le encantaba decir a sus pensativos amigotes (delante de una copa), ignorando que se hubiera puesto en duda jamás el darwinismo.

Así, pues, volvía a casa contento y feliz, con su montón de regalos navideños «para la mujer y los chicos», y recreándose con la idea de la alegría y animación de su familia. La noche anterior había llevado a «su señora» a ver Magia en un selecto teatro de Londres frecuentado por intelectuales... y se había entusiasmado lo indecible. Había ido indeciso, aunque esperando algo fuera de lo corriente. «No es un espectáculo musical -advirtió a su mujer-; ni tampoco una comedia o una farsa, en realidad», y en respuesta a la pregunta de ella sobre qué decían las críticas, se encogió, suspiró y enderezó cuatro veces su chillona corbata en rápida sucesión.
Porque no podía esperarse que un «hombre de la calle» con una pizca de dignidad entendiese lo que decían los críticos, aunque entendiese la Obra. Y John había contestado con toda sinceridad: «Bueno, dicen cosas. Pero el teatro está siempre lleno... y eso es lo que cuenta».

Y ahora, al cruzar Piccadilly Circus entre el gentío para coger el autobús, quiso el azar que (al ver un anuncio) le absorbiese el cerebro dicha Obra particular, o más bien el efecto que le causara en su momento. Porque le había cautivado lo indecible: con las maravillosas posibilidades que insinuaba, su tremenda osadía, su belleza alerta y espiritual... El pensamiento de John se lanzó en pos de algo: en pos de esa sugerencia curiosa de un universo más grande, en pos de la sugerencia cuasi divertida de que el hombre no es el único... Y aquí chocó con una frase que la memoria le puso delante de las narices: «La ciencia no agota el Universo», ¡al tiempo chocaba con otra clase de fuerza destructora...!

No supo exactamente cómo ocurrió. Vio un Monstruo feroz que lo miraba con ojos de fuego. ¡Era horrible! Se abalanzó sobre él. Lo esquivó... y otro Monstruo salió de una esquina a su encuentro. Corrieron los dos a un tiempo hacia él. Se hizo a un lado otra vez, con un salto que podía haber salvado fácilmente una valla, pero fue demasiado tarde. Le cogieron entre los dos sin piedad, y el corazón se le subió literalmente a la boca. Le crujieron los huesos... Tuvo una sensación dulce, un frío intenso y un calor como de fuego. Oyó un rugir de bocinas y voces. Vio arietes; y un testudo de hierro... Luego surgió una luz cegadora... «¡Siempre de cara al tráfico!», recordó con un grito frenético; y merced a una suerte extraordinaria, ganó milagrosamente la acera opuesta.

No había duda al respecto. Se había librado por los pelos de una muerte desagradable. Primero, comprobó a tientas los regalos: los tenía todos. Luego, en vez de alegrarse y tomar aliento, emprendió apresuradamente el regreso -¡a pie, lo que probaba que se le había descontrolado un poco la cabeza!-, pensando sólo en lo desilusionados que se habrían quedado su mujer y sus hijos si... bueno, si hubiese ocurrido algo. Otra cosa de la que se dio cuenta, extrañamente, fue de que ya no amaba a su mujer en realidad, y que sólo sentía por ella un gran afecto. Sabe Dios por qué se le ocurrió tal cosa; el caso es que lo pensó. Era un hombre honesto, sin fingimientos. La idea le vino como un descubrimiento. Se volvió un instante, vio la multitud arremolinada alrededor del barullo de taxis, cascos de policías
centelleando con las luces de los escaparates... y avivó el paso otra vez, con la cabeza llena de pensamientos alegres sobre los regalos que iba a repartir... los niños acudiendo a la carrera... y su mujer -¡un alma bendita!- contemplando embobada los paquetes misteriosos...

Y, aunque no lograba explicarse cómo, al poco rato estaba ante la puerta del edificio carcelario donde tenía su piso, lo que significaba que había hecho a pie las tres millas. Iba tan ocupado y absorto en sus pensamientos que no se había dado cuenta de la larga caminata. «Además -reflexionó, pensando cómo se había salvado por los pelos-, ha sido un susto tremendo. Una mald... experiencia, a decir verdad.» Todavía se notaba algo aturdido y tembloroso. A la vez, no obstante, se sentía contento y eufórico.

Contó los regalos... saboreó con antelación la alegría que iban a producir... y abrió rápidamente con la llave. «Llego tarde -comprendió-; pero cuando ella vea los paquetes de papel marrón, se le olvidará decir nada. Dios bendiga a esa alma fiel.» Hizo girar suavemente la llave una segunda vez y entró de puntillas en el piso... Tenía el espíritu henchido del sentimiento dominante de esta tarde: la felicidad que los regalos navideños iban a proporcionar a su mujer y sus hijos.

Oyó ruido. Colgó el sombrero y el abrigo en el diminuto vestíbulo (nunca lo
llamaban «recibimiento»), y se dirigió sigilosamente a la puerta del salón con los paquetes escondidos detrás. Sólo pensaba en ellos, no en sí mismo... O sea, en su familia, no en los paquetes. Abrió la puerta a medias y se asomó discretamente. Para estupefacción suya, la habitación estaba llena de gente. Retrocedió con rapidez, preguntándose qué podía significar. ¿Una fiesta? ¿Sin saberlo él? ¡Qué raro...! Experimentó un profundo desencanto. Pero al retroceder, se dio cuenta de que en el vestíbulo había gente también.

Estaba enormemente sorprendido; aunque, por otra parte, no lo estaba en absoluto. Lo estaban felicitando. Había una verdadera muchedumbre. Además, los conocía a todos; al menos, sus caras le sonaban más o menos. Y todos lo conocían a él.
-¿No es gracioso? -rió alguien, dándole una palmadita en la espalda-. ¡Ellos no tienen ni la menor idea...!

El que hablaba -el viejo John Palmer, el contable de la oficina, recalcó la palabra «ellos».

-Ni la menor idea -contestó él con una sonrisa, diciendo algo que no entendía, aunque sabía que era cierto.

Su rostro, al parecer, reflejaba la absoluta perplejidad que sentía. El impacto del golpe recibido había sido mayor de lo que él había creído, evidentemente... Su cabeza desvariaba... ¡al parecer! Pero lo raro era que jamás en la vida se había sentido tan despejado. Había mil cosas que de repente se le habían vuelto de lo más sencillas. Pero cómo se apretujaba esta gente, y con cuánta... ¡familiaridad!
-Mis paquetes -dijo, abriéndose paso a empujones, alegremente, entre la multitud-. Son regalos de Navidad que les he comprado -señaló con la cabeza hacia la habitación-. He estado ahorrando durante semanas, sin fumar un cigarro ni acercarme a un billar, y privándome de otras cosas, para comprarlos.

-¡Buen muchacho! -dijo Palmer con una risotada-. El corazón es lo que cuenta.
Mudbury lo miró. Palmer había dicho una verdad como un templo; aunque, probablemente, la gente no lo entendería ni le creería.

-¿Eh? -preguntó, sintiéndose torpe y estúpido, confundido entre dos significados, uno de los cuales era bonito y el otro indeciblemente idiota.

-Por favor, señor Mudbury, pase. Lo están esperando -dijo amable y pomposamente una voz. Y al volverse, se encontró con los ojos benévolos y estúpidos de sir James Epiphany, el director del banco donde trabajaba.

El efecto de la voz fue instantáneo debido al prolongado hábito.
-Desde luego -sonrió de corazón, y avanzó como movido por una costumbre inveterada. ¡Ah, qué feliz y contento se sentía! Su afecto por su mujer era real. El amor, desde luego, se había desvanecido; pero la necesitaba... y ella le necesitaba a él. Y a sus hijos -Milly, Bill y Jean- los quería profundamente. ¡Valía la pena vivir!
En la habitación había bastante gente... pero reinaba un asombroso silencio. John Mudbury miró en torno suyo. Dio unos pasos hacia su mujer, que estaba sentada en la butaca del rincón con Milly sobre sus rodillas. Algunos hablaban y andaban de un lado para otro. El número de personas aumentaba por momentos. Se colocó frente a ellas: frente a Milly y su mujer. Y les dirigió la palabra, tendiéndoles los paquetes. «Es Nochebuena -susurró tímidamente-; y les he... les he traído algo... a cada una. ¡Miren!» Les puso los paquetes delante.

-Por supuesto, por supuesto -dijo una voz detrás él-; pero aunque se pasase usted un siglo entero presentándoselos, daría igual: ¡no los verán jamás!
-Creo... -susurró Milly, mirando a su alrededor.

-¿Qué es lo que crees? -preguntó vivamente su madre-. Siempre estás pensando cosas extrañas.

-Creo -prosiguió la niña, ensoñadora- que Papá ya está aquí -calló; luego añadió con la insoportable convicción de los niños-: estoy segura. Siento su presencia.

Sonó una carcajada extraordinaria. Era sir James Epiphany el que reía. Los demás -toda la multitud- volvieron la cabeza y sonrieron también. Pero la madre, apartando de sí a la criatura, se levantó súbitamente con un gesto violento. Se le había vuelto blanca la cara. Extendió los brazos... al aire que tenía ante ella. Aspiró con dificultad, se estremeció. Había angustia en sus ojos.

-¡Miren! -repitió John-. Les he traído los regalos.

Pero su voz, por lo visto, no produjo el menor sonido. Y con una punzada de frío dolor, recordó que Palmer y sir James habían muerto hacía años.

-Es magia -exclamó-. Pero... yo te quiero, Jinny; te quiero... y... y siempre te he sido fiel; fiel como el acero. Nos necesitarnos el uno al otro... ¿acaso no te das cuenta? Seguiremos juntos, tú y yo, por los siglos de los siglos...
-Piense -lo interrumpió una voz exquisitamente tierna-; ¡no grite! Ellos no pueden oírlo... ahora -y al volverse, John Mudbury se encontró con los ojos de Everard Minturn, su presidente del año anterior. Minturn se había ahogado en el hundimiento del Titanic.

Entonces se le cayeron los paquetes. El corazón le dio un enorme brinco de alegría.
Vio que su cara -la de su mujer- miraba a través de él.
Pero la niña lo miraba directamente a los ojos. Lo veía.

Lo que su conciencia registró a continuación fue el tintinear de algo... lejos, muy lejos. Sonaba a millas debajo de él... dentro de él... era él mismo quien sonaba -absolutamente desconcertado- como una campanilla. Era una campanilla.

Milly se inclinó y recogió los paquetes. Su cara irradiaba felicidad y alegría...
Pero a continuación entró un hombre, un hombre de cara solemne y ridícula, con un lápiz y un cuaderno. Llevaba un casco azul marino. Detrás de él venía una fila de hombres. Traían algo... algo..., Mudbury no podía ver con claridad qué era. Pero cuando se abrió paso entre la alegre muchedumbre para mirar, distinguió vagamente dos ojos, una nariz, una barbilla, una mancha de color rojo oscuro y un par de manos cruzadas sobre un abrigo. Una figura de mujer cayó entonces sobre ellas, y oyó a sus hijos sollozar extrañamente... luego otros sonidos... como de voces familiares riendo... riendo de alegría.

-Dentro de poco se reunirán con nosotros. El tiempo es como un relámpago.
Y, al volverse rebosante de dicha, vio que era sir James quien había hablado, al tiempo que cogía a Palmer del brazo, como en un gesto natural, aunque inesperado, de afectuosa y amable amistad.

-Vamos -dijo Palmer sonriendo, como el que acepta un don en la comunidad universal-, ayudémoslos. No lo comprenderán... Pero siempre podemos intentarlo.
La multitud entera, riente y gozosa, se elevó. Fue, por fin, un instante de vida auténtica y cordial. La paz y la alegría y el júbilo reinaban en todas partes.
Entonces comprendió John Mudbury la verdad: que estaba muerto

FIN.

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AUTORES - Rubén Darío

Una nueva colaboración de Kala Azar, ahora sobre Rubén Darío.





Rubén Dario (1817-1916)

Poeta y escritor nicaragüense fundador del modernismo, Su producción en el campo de la literatura “macabra” y de fantasía, aunque escasa, es prácticamente desconocida entre el publico general. Cuentos como "Betún y sangre", El caso de la señorita Amelia. Cuento de Pascuas, La larva, Thanathopia", La extraña muerte de fray Pedro, "La historia prodigiosa y El Salomón negro, en los que se evidencia la influencia de escritores como Poe y Hoffman, pueden considerarse dentro de esta vertiente.

Enlace: http://www.ucm.es/info/especulo/numero13/rdario.html

Bibliografía:


  • Cuentos Fantásticos (selección de José Olivio Jimenez)



La pesadilla de Honorio.


Rubén Darío


¿Dónde? A lo lejos, la perspectiva abrumadora y monumental de extrañas arquitecturas, órdenes visionarios, estilos de un orientalismo portentoso y desmesurado. A sus pies un suelo lívido; no lejos, una vegetación de árboles flacos, desolados, tendiendo hacia un cielo implacable, silencioso y raro, sus ramas suplicantes, en la vaga expresión de un mudo lamento. En aquella soledad Honorio siente la posesión de una fría pavura...

¿Cuándo? Es en una hora inmemorial, grano escapado quizás del reloj del tiempo. La luz que alumbra no es la del sol; es como la enfermiza y fosforescente claridad de espectrales astros. Honorio sufre el influjo de un momento fatal, y sabe que en esa hora incomprensible todo está envuelto en la dolorosa bruma de una universal angustia. Al levantar sus ojos a la altura un estremecimiento recorre el cordaje de sus nervios: han surgido del hondo cielo constelaciones misteriosas que forman enigmáticos signos anunciadores de próximos e irremediables catástrofes... Honorio deja escapar de sus labios, oprimido y aterrorizado, un lamentable gemido: ¡Ay!...
Y como si su voz tuviese el poder de una fuerza demiúrgica, aquella inmensa ciudad llena de torres y rotondas, de arcos y espirales, se desplomó sin ruido ni fracaso, cual se rompe un fino hilo de araña.

¿Cómo y por qué apareció en la memoria de Honorio esta frase de un soñador: la tiranía del rostro humano? Él la escuchó dentro de su cerebro, y cual si fuese la víctima propiciatoria ofrecida a una cruel deidad, comprendió que se acercaba el instante del martirio, del horrible martirio que le sería aplicado... ¡Oh sufrimiento inexplicable del condenado solitario! Sus miembros se petrificaron, amarrados con ligaduras de pavor; sus cabellos se erizaron como los de Jo b cuando pasó cerca de él un espíritu; su lengua se pegó al paladar, helada e inmóvil; y sus ojos abiertos y fijos empezaron a contemplar el anonadador desfile. Ante él había surgido la infinita legión de las Fisonomías y el ejército innumerable de los Gestos.

Primero fueron los rostros enormes que suelen ver los nerviosos al comenzar el sueño, rostros de gigantes joviales, amenazadores, pensativos o enternecidos.
Después...

Poco a poco fue reconociendo en su penosa visión estas o aquellas línea, perfiles y facciones: un bajá de calva frente y los ojos amodorrados; una faz de rey asirio, con la barba en trenzas; un Vitelio con la papada gorda, y un negro, negro, muerto de risa. Una máscara blanca se multiplicaba en todas las expresiones: Pierrot. Pierrot indiferente, Pierrot amoroso, Pierrot abobado, Pierrot terrible, Pierrot, desmayándose de hilaridad; doloroso, pícaro, inocente, vanidoso, cruel, dulce, criminal: Pierrot mostraba el poema de su alma en arrugas, muecas, guiños y retorcimientos faciales. Tras él los tipos de todas las farsas y las encarnaciones simbólicas. Así erigían enormes chisteras grises, cien congestionados johmbulles y atroces tíosamueles, tras los cuales Punch encendía la malicia de sus miradas sobre su curva nariz. Cerca de un mandarín amarillo de ojos circunflejos, y bigotes ojivales, un inflado fraile, cuya cara cucurbitácea tenía incrustadas dos judías negras por pupilas; largas narices francesas, potentes mandíbulas alemanas, bigotazos de Italia, ceños españoles; rostros exóticos: el del negro rey Baltasar, el del malayo de Quincey, el de un persa, el de un gaucho, el de un torero, el de un inquisidor... «Oh, Dios mío...» --suplicó Honorio--. Entonces oyó distintamente una voz que le decía: «¡Aún no, sigue hasta el fin!» Y apareció la muchedumbre hormigueante de la vida banal de las ciudades, las caras que representan a todos los estados, apetitos, expresiones, instintos, del ser llamado Hombre; la ancha calva del sabio de los espejuelos, las nariz ornada de rabiosa pedrería alcohólica que luce en la faz del banquero obeso; las bocas torpes y gruesas; las quijadas salientes y los pómulos de la bestialidad; las faces lívidas, el aspecto del rentista cacoquimio; la mirada del tísico, la risa dignamente estúpida del imbécil de salón, la expresión suplicante del mendigo; estas tres especialidades; el tribuno, el martillero y el charlatán, en las distintas partes de sus distintas arengas; «¡Socorro!» exclamó Honorio.

Y fue entonces la irrupción de las Máscaras, mientras en el cielo se desvanecía un suave color de oro oriental. ¡La legión de las Máscaras! Se presentó primero una máscara de actor griego, horrorizada y trágica, tal como la faz de Orestes delante de las Euménides implacables; y otra riente, como una gárgola surtidora de chistes. Luego por un fenómeno mnemónico, Honorio pensó en el teatro japonés, y ante su vista floreció un diluvio de máscaras niponas: la risueña y desdentada del tesoro de Idzoukoushima, una de Demé Jioman, cuyas mejillas recogidas, frente labrada por triple arruga vermicular y extendidas narices, le daban un aspecto de suprema jovialidad bestial; caras de Noriaki, de una fealdad agresiva; muecas de Quasimodo asiáticos, y radiantes máscaras de dioses, todas de oro. De China Lao-tse, con un inmenso cráneo., Pou-tai, el sensual con su risa de idiota; de Konei-Sing, dios de la literatura, la máscara mefistofélica; y con sus cascos, perillas y bigotes escasos, desfilan las de madarines y guerreros. Por último vio Honorio como un incendio de carmines y bermellones, y revoló ante sus miradas el enjambre carnavalesco. Todos los ojos: almendrados, redondos, triangulares, casi amorfos; todas las narices: chatas, roxelanas, borbónicas, erectas, cónicas, fálicas, innobles, cavernosas, conventuales, marciales, insignes; todas las bocas: arqueadas, en media luna, en ojiva, hechas con sacabocado, de labios carnosos, místicas, sensuales, golosas, abyectas, caninas, batracias, hípicas, asnales, porcunas, delicadas, desbordadas, desbridadas, retorcidas...; todas las pasiones, la gula, la envidia, la lujuria, los siete pecados capitales multiplicados por setenta veces siete...

Y Honorio no pudo más: sintió un súbito desmayo, y quedó en una dulce penumbra de ensueño, en tanto que llegaban a sus oídos los acordes de una alegre comparsa de Carnestolendas...
Fin



Thanathopia.


Rubén Darío


—Mi padre fue el célebre doctor John Leen, miembro de la Real Sociedad de Investigaciones Psíquicas, de Londres, y muy conocido en el mundo científico por sus estudios sobre el hipnotismo y su célebre Memoria sobre el Old. Ha muerto no hace mucho tiempo. Dios lo tenga en gloria.
(James Leen vació en su estómago gran parte de su cerveza y continuó:)
—Os habéis reído de mí y de lo que llamáis mis preocupaciones y ridiculeces. Os perdono, porque, francamente, no sospecháis ninguna de las cosas que no comprende nuestra filosofía en el cielo y en la tierra, como dice nuestro maravilloso William.
No sabéis que he sufrido mucho, que sufro mucho, aun las más amargas torturas, a causa de vuestras risas... Sí, os repito: no puedo dormir sin luz, no puedo soportar la soledad de una casa abandonada; tiemblo al ruido misterioso que en horas crepusculares brota de los boscajes en un camino; no me agrada ver revolar un mochuelo o un murciélago; no visito, en ninguna ciudad adonde llego, los cementerios; me martirizan las conversaciones sobre asuntos macabros, y cuando las tengo, mis ojos aguardan para cerrarse, al amor del sueño, que la luz aparezca.

Tengo el horror de la que, ¡oh Dios!, tendré que nombrar: de la muerte. Jamás me harías permanecer en una casa donde hubiese un cadáver, así fuese el de mi más amado amigo. Mirad: esa palabra es la más fatídica de las que existen en cualquier idioma: cadáver... Os habéis reído, os reís de mí: sea. Pero permitidme que os diga la verdad de mi secreto. Yo he llegado a la república Argentina, prófugo, después de haber estado cinco años preso, secuestrado miserablemente por el doctor Leen, mi padre; el cual, si era un gran sabio, sospecho que era un gran bandido. Por orden suya fui llevado a la casa de salud; por orden suya, pues, temía quizá que algún día me revelase lo que él pretendía tener oculto... Lo que vais a saber, porque ya me es imposible resistir el silencio por más tiempo.

Os advierto que no estoy borracho. No he sido loco. Él ordenó mi secuestro, porque... Poned atención.

(Delgado, rubio, nervioso, agitado por un frecuente estremecimiento, levantaba su busto James Leen, en la mesa de la cervecería en que, rodeado de amigos, nos decía esos conceptos. ¿Quién no le conoce en Buenos Aires? No es un excéntrico en su vida cotidiana. De cuando en cuando suele tener esos raros arranques. Como profesor, es uno de los más estimables en uno de nuestros principales colegios, y, como hombre de mundo, aunque un tanto silencioso, es uno de los mejores elementos jóvenes de los famosos cinderellas dance. Así prosiguió esa noche su extraña narración, que no nos atrevimos a calificar de fumisterie, dado el carácter de nuestro amigo. Dejamos al lector la apreciación de los hechos.)

—Desde muy joven perdí a mi madre, y fui enviado por orden paternal a un colegio de Oxford. Mi padre, que nunca se manifestó cariñoso para conmigo, me iba a visitar de Londres una vez al año al establecimiento de educación en donde yo crecía, solitario en mi espíritu, sin afectos, sin halagos.

Allí aprendí a ser triste. Físicamente era el retrato de mi madre, según me han dicho, y supongo que por esto el doctor procuraba mirarme lo menos que podía. No os diré más sobre esto. Son ideas que me vienen. Excusad la manera de mi narración.

Cuando he tocado ese tópico me he sentido conmovido por una reconocida fuerza. Procurad comprenderme. Digo, pues, que vivía yo solitario en mi espíritu, aprendiendo tristeza en aquel colegio de muros negros, que veo aún en mi imaginación en noches de luna... ¡Oh, cómo aprendí entonces a ser triste! Veo aún, por una ventana de mi cuarto, bañados de una pálida y maleficiosa luz lunar, los álamos, los cipreses... ¿por qué había cipreses en el colegio?..., y a lo largo del parque, viejos Términos carcomidos, leprosos de tiempo, en donde solían posar las lechuzas que criaba el abominable septuagenario y encorvado rector... ¿para qué criaba lechuzas el rector?... Y oigo, en lo más silencioso de la noche, el vuelo de los animales nocturnos y los crujidos de las mesas y una media noche, os lo juro, una voz: 'James.' ¡Oh, voz!

Al cumplir los veinte años se me anunció un día la visita de mi padre. Alegréme, a pesar de que instintivamente sentía repulsión por él; alegréme, porque necesitaba en aquellos momentos desahogarme con alguien, aunque fuese con él.
Llegó más amable que otras veces; y aunque no me miraba frente a frente, su voz sonaba grave, con cierta amabilidad para conmigo. Yo le manifesté que deseaba, por fin, volver a Londres, que había concluido mis estudios; que si permanecía más tiempo en aquella casa, me moriría de tristeza... Su voz resonó grave, con cierta amabilidad para conmigo:

—He pensado, cabalmente, James, llevarte hoy mismo. El rector me ha comunicado que no estás bien de salud, que padeces de insomnios, que comes poco. El exceso de estudios es malo, como todos los excesos. Además —quería decirte—, tengo otro motivo para llevarte a Londres. Mi edad necesitaba un apoyo y lo he buscado. Tienes una madrastra, a quien he de presentarte y que desea ardientemente conocerte. Hoy mismo vendrás, pues, conmigo.

¡Una madrastra! Y de pronto se me vino a la memoria mi dulce y blanca y rubia madrecita, que de niño me amó tanto, me mimó tanto, abandonada casi por mi padre, que se pasaba noches y días en su horrible laboratorio, mientras aquella pobre y delicada flor se consumía... ¡Una madrastra! Iría yo, pues, a soportar la tiranía de la nueva esposa del doctor Leen, quizás una espantable blue-stocking, o una cruel sabionda, o una bruja... Perdonad las palabras. A veces no sé ciertamente lo que digo, o quizá lo sé demasiado...

No contesté una sola palabra a mi padre, y, conforme con su disposición, tomamos el tren que nos condujo a nuestra mansión de Londres.
Desde que llegamos, desde que penetré por la gran puerta antigua, a la que seguía una escalera oscura que daba al piso principal, me sorprendí desagradablemente: no había en casa uno solo de los antiguos sirvientes.

Cuatro o cinco viejos enclenques, con grandes libreas flojas y negras, se inclinaban a nuestro paso, con genuflexiones tardas, mudos. Penetramos al gran salón. Todo estaba cambiado: los muebles de antes estaban sustituidos por otros de un gusto seco y frío. Tan solamente quedaba en el fondo del salón un gran retrato de mi madre, obra de Dante Gabriel Rossetti, cubierto de un largo velo de crespón.

Mi padre me condujo a mis habitaciones, que no quedaban lejos de su laboratorio. Me dio las buenas tardes. Por una inexplicable cortesía, preguntéle por mi madrastra. Me contestó despaciosamente, recalcando las sílabas con una voz entre cariñosa y temerosa que entonces yo no comprendía:

—La verás luego... Que la has de ver es seguro... James, mi hijito James, adiós. Te digo que la verás luego...
Ángeles del Señor, ¿por qué no me llevastéis con vosotros? Y tú, madre, madrecita mía, my sweet Lily, ¿por qué no me llevaste contigo en aquellos instantes? Hubiera preferido ser tragado por un abismo o pulverizado por una roca, o reducido a ceniza por la llama de un relámpago...

Fue esa misma noche, sí. Con una extraña fatiga de cuerpo y de espíritu, me había echado en el lecho, vestido con el mismo traje de viaje. Como en un ensueño, recuerdo haber oído acercarse a mi cuarto a uno de los viejos de la servidumbre, mascullando no sé qué palabras y mirándome vagamente con un par de ojillos estrábicos que me hacían el efecto de un mal sueño. Luego vi que prendió un candelabro con tres velas de cera. Cuando desperté a eso de las nueve, las velas ardían en la habitación.

Lavéme. Mudéme. Luego sentí pasos: apareció mi padre. Por primera vez, ¡por primera vez!, vi sus ojos clavados en los míos. Unos indescriptibles ojos, os lo aseguro; unos ojos como no habéis visto jamás, ni veréis jamás: unos ojos con una retina casi roja, como ojos de conejo; unos ojos que os harían temblar por la manera especial con que miraban.

—Vamos, hijo mío, te espera tu madrastra. Está allá, en el salón. Vamos.
Allá, en un sillón de alto respaldo, como una silla de coro, estaba sentada una mujer.
Ella...
Y mi padre:
—¡Acércate, mi pequeño James, acércate!
Me acerqué maquinalmente. La mujer me tendía la mano... Oí entonces, como si viniese del gran retrato, del gran retrato envuelto en crespón, aquella voz del colegio de Oxford, pero muy triste, mucho más triste:
'¡James!'
Tendí mi mano. El contacto de aquella mano me heló, me horrorizó. Sentí hielo en mis huesos. Aquella mano rígida, fría, fría... Y la mujer no me miraba. Balbucí un saludo, un cumplimiento.
Y mi padre:
—Esposa mía, aquí tienes a tu hijastro, a nuestro muy amado James. Mírale; aquí le tienes; ya es tu hijo también.

Y mi madrastra me miró. Mis mandíbulas se afianzaron una contra otra. Me poseyó el espanto: aquellos ojos no tenían brillo alguno. Una idea comenzó, enloquecedora, horrible, horrible, a aparecer clara en mi cerebro. De pronto, un olor, olor... ese olor, ¡madre mía!, ¡Dios mío! Ese olor.., no os lo quiero decir... porque ya lo sabéis, y os protesto: lo discuto aún; me eriza los cabellos.

Y luego brotó de aquellos labios blancos, de aquella mujer pálida, pálida, pálida, una voz, una voz como si saliese de un cántaro gemebundo o de un subterráneo:

—James, nuestro querido James, hijito mío, acércate; quiero darte un beso en la frente, otro beso en los ojos, otro beso en la boca...
No pude más. Grité:

—¡Madre, socorro! ¡Ángeles de Dios, socorro! ¡Potestades celestes, todas, socorro! ¡Quiero partir de aquí pronto, pronto; que me saquen de aquí!
Oí la voz de mi padre:

—¡Cálmate, James! ¡Cálmate, hijo mío! Silencio, hijo mío.
—No —grité más alto, ya en lucha con los viejos de la servidumbre—. Yo saldré de aquí y diré a todo el mundo que el doctor Leen es un cruel asesino; que su mujer es un vampiro; ¡que está casado mi padre con una muerta!



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10/03/2005

Los Subgéneros de la Fantasía (I)

Kala Azar inicia una nueva serie de envíos sobre los subgéneros de fantasía, espero la disfruten.



Desde la aparición en pantalla del Señor de los anillos el gusto por la literatura fantástica ha ido incrementándose en el publico general. Esto se evidencia en las estadísticas de ventas de libros y en el, esperado, aumento de la producción cinematográfica de filmes de este genero por parte de Hollywood.

Una característica critica de este genero es la de que el mundo recreado presente diferencias “del nuestro” que no puedan ser explicados por las leyes de la física, o no sean resultado directo de la ciencia y la tecnología. Es por esto que se la distingue de la ciencia ficción, aunque, como han señalado diversos autores es difícil trazar una línea, ya que en muchas ocasiones ambos géneros se superponen y resulta difícil separarlos uno de otro.

El género en su sentido moderno tiene menos de dos siglos y tiene sus antecedentes en los mitos de diferentes culturas y pueblos: Egipto, Grecia, Roma, Inglaterra, etc.

Para fines de estudio, podríamos separar a la literatura fantástica en las siguientes categorías:

  1. Fantasía oscura
  2. Espada y Hechicería.
  3. Fantasía Erótica
  4. Fantasía Bangsiana
  5. Fantasía contemporánea
  6. Alta fantasía
  7. Baja Fantasía.
  8. Fantasía Heroica.
  9. Fantasía Histórica
  10. Fantasía mítica.
  11. Fantasía Romántica.
  12. Mannerpunk
  13. Otras.

Fantasía oscura: Se caracteriza por historias que mezclan elementos de fantasía y terror. Es considerado por algunos un subgénero de la literatura de terror.

El Canto del Cisne
Autor: Robert McCammon (Ediciones Martinez Roca, 1992)

Sinopsis: En un mundo postapocaliptico una niña (Swan) con poderes sobrenaturales se enfrentara al mal.
Una excelente trama y personajes bien construidos que no olvidaran jamás










La Torre oscura. (ediciones B)
Autor: Stephen King

La saga que va ya por su sexta entrega .La canción de Susana y que se inicio en 1982 con La Hierba del diablo donde aparece uno de los personajes más interesantes y mejor construidos, a mi forma de ver, de la saga: El pistolero.
Una búsqueda legendaria de un sueño que ha tomado forma: La torre oscura.

Enlaces: http://torre-oscura.com/Inicio.htm









Francisco Ruiz Fernández.
Escritor español que incursiona en el género. Algunos de sus relatos pueden encontrarse en la red:


  • Cazador de cabezas (Axxon)
  • El Muro (Axxon 144)
  • Huecos en la estantería (Necronomicon año 3 N 4)
  • El sobre negro (Eridano 8) AlfaEridiani.
Enlaces: http://www.txisko.com/

Otros autores:


Espada y Hechicería.

Término acuñado por Fritz Leiber (1960). Los elementos característicos del género son la presencia de personajes arquetípicos, espadachines inmorales y sus frecuentes confrontaciones, a menudo sangrientas con agentes malvados en tierras imaginarias. Tiende a confundirse con la Fantasía Heroica ya que comparte algunas de sus caracteristicas.

Las Crónicas del Campeón Eterno
Autor: Michael Moorcock

Saga conformada por ocho libros que cuentan la historia y aventuras de Elric de Melnibone, un guerrero albino aliado a los “Señores del Caos”.
¿Por qué fui yo el escogido? se pregunta Elric al principio de la saga dándonos la pauta de uno de los antihéroes clásicos en la historia de la literatura Fantástica. Paisajes de belleza surrealista y aventuras donde lo sobrenatural es un personaje más.

Portadora de Tormentas:
Autor: Michael Moorcock

Elric cabalgaba como un espantajo gigante, lúgubre y rígido sobre el lomo macizo de su corcel nihrainiano. Tenia un rostro sombrío cubierto con una mascara que ocultaba la emoción, y los ojos enrojecidos le ardían como carbones en las orbitas hundidas...

Así comienza Portadora de Tormentas que en opinión de David Pringle, “es el libro cumbre de la serie, el cuento que lleva a su final la saga predestinada de Elric”.
enlace:http://www.arrakis.es/~erekose/


Conan.
Autor:Robert E Howard

Otra de las obras clásicas del género que ha originado un sinfín de “secuelas” en la la literatura, el cine, el comic y la televisión.
Conan el Cimmerio, una de las figuras míticas de nuestro tiempo vio la luz en una serie de cuentos y novelas cortas. El primer libro que se publico fue Conan el Conquistador (1950) un relato extenso cuyo titulo original era “La Hora del Dragón."


Otros autores:

  • Fritz Leiber (La saga del Fafhrd y el Ratonero Gris. Encuentro en Lankhmar)
  • L Sprague de Camp


(Continuara…)


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9/28/2005

AUTORES- Horacio Quiroga

Una nueva de Kala Azar, ahora respecto del autor argentino Horacio Quiroga.


Horacio Quiroga
(1878- 1937)

Escritor uruguayo, escritor prolífico (alrededor de doscientos cuentos) cuya vida atormentada le hizo explorar temas considerados Tabú para su época. Escribió poesía, novelas y cuentos pero es en este último género donde su talento roza la genialidad. La muerte fue su compañera durante gran parte de su vida. Sus relatos más oscuros son una expresión de este fatídico matrimonio. Es autor del famoso “Decálogo del Cuentista."

Bibliografía:

  • Los arrecifes de coral" (1901) (Poesía)
  • "El crimen del otro" 1904
  • “Historia de un amor Turbio (1908) (primera novela)
  • "Cuentos de Amor, de Locura y de Muerte" (1916)
  • "El Salvaje" (1920,)
  • "Cuentos de la Selva" (1921)
  • "Anaconda" (1923)
  • "Los Desterrados" (1926)
  • "Más Allá" (1934)


LA GALLINA DEGOLLADA

Horacio Quiroga


TODO EL DÍA, sentados en el patio en un banco, estaban los cuatro hijos idiotas del matrimonio Mazzini-Ferraz. Tenían la lengua entre los labios, los ojos estúpidos y volvían la cabeza con la boca abierta. El patio era de tierra, cerrado al oeste por un cerco de ladrillos. El banco quedaba paralelo a él, a cinco metros, y allí se mantenían inmóviles, fijos los ojos en los ladrillos. Como el sol se ocultaba tras el cerco, al declinar los idiotas tenían fiesta. La luz enceguecedora llamaba su atención al principio, poco a poco sus ojos se animaban; se reían al fin estrepitosamente, congestionados por la misma hilaridad ansiosa, mirando el sol con alegría bestial, como si fuera comida.

Otras veces, alineados en el banco, zumbaban horas enteras, imitando al tranvía eléctrico. Los ruidos fuertes sacudían asimismo su inercia, y corrían entonces, mordiéndose la lengua y mugiendo, alrededor del patio. Pero casi siempre estaban apagados en un sombrío letargo de idiotismo, y pasaban todo el día sentados en su banco, con las piernas colgantes y quietas, empapando de glutinosa saliva el pantalón.

El mayor tenía doce años, y el menor ocho. En todo su aspecto sucio y desvalido se notaba la falta absoluta de un poco de cuidado maternal.
Esos cuatro idiotas, sin embargo, habían sido un día el encanto de sus padres. A los tres meses de casados, Mazzini y Berta orientaron su estrecho amor de marido y mujer, hacia un porvenir mucho más vital: un hijo: ¿Qué mayor dicha para dos enamorados que esa honrada consagración de su cariño, libertado ya del vil egoísmo de un mutuo amor sin fin ninguno y, lo que es peor para el amor mismo, sin esperanzas posibles de renovación?

Así lo sintieron Mazzini y Berta, y cuando el hijo llegó, a los catorce meses de matrimonio, creyeron cumplida su felicidad. La criatura creció, bella y radiante, hasta que tuvo año y medio. Pero en el vigésimo mes sacudiéronlo una noche convulsiones terribles, y a la mañana siguiente no conocía más a sus padres. El médico lo examinó con esa atención profesional que está visiblemente buscando las causas del mal en las enfermedades de los padres.

Después de algunos días los miembros paralizados recobraron el movimiento; pero la inteligencia, el alma, aun el instinto, se habían ido del todo; había quedado profundamente idiota, baboso, colgante, muerto para siempre sobre las rodillas de su madre.

—¡Hijo, mi hijo querido! —sollozaba ésta, sobre aquella espantosa ruina de su primogénito.
El padre, desolado, acompañó al médico afuera.
—A usted se le puede decir; creo que es un caso perdido.
Podrá mejorar, educarse en todo lo que le permita su idiotismo, pero no más allá.
—¡Sí...! ¡sí...! —asentía Mazzini—. Pero dígame; ¿Usted cree que es herencia, que...?
—En cuanto a la herencia paterna, ya le dije lo que creía cuando vi a su hijo. Respecto a la madre, hay allí un pulmón que no sopla bien. No veo nada más, pero hay un soplo un poco rudo. Hágala examinar bien.

Con el alma destrozada de remordimiento, Mazzini redobló el amor a su hijo, el pequeño idiota que pagaba los excesos del abuelo. Tuvo asimismo que consolar, sostener sin tregua a Berta, herida en lo más profundo por aquel fracaso de su joven maternidad.

Como es natural, el matrimonio puso todo su amor en la esperanza de otro hijo. Nació éste, y su salud y limpidez de risa reencendieron el porvenir extinguido. Pero a los dieciocho meses las convulsiones del primogénito se repetían, y al día siguiente amanecía idiota.

Esta vez los padres cayeron en honda desesperación. ¡Luego su sangre, su amor estaban malditos! ¡Su amor, sobre todo! Veintiocho años él, veintidós ella, y toda su apasionada ternura no alcanzaba a crear un átomo de vida normal. Ya no pedían más belleza e inteligencia como en el primogénito; ¡pero un hijo, un hijo como todos!

Del nuevo desastre brotaron nuevas llamaradas del dolorido amor, un loco anhelo de redimir de una vez para siempre la santidad de su ternura. Sobrevinieron mellizos, y punto por punto repitióse el proceso de los dos mayores.

Mas, por encima de su inmensa amargura, quedaba a Mazzini y Berta gran compasión por sus cuatro hijos. Hubo que arrancar del limbo de la más honda animalidad, no ya sus almas, sino el instinto mismo abolido. No sabían deglutir, cambiar de sitio, ni aun sentarse. Aprendieron al fin a caminar, pero chocaban contra todo, por no darse cuenta de los obstáculos. Cuando los lavaban mugían hasta inyectarse de sangre el rostro. Animábanse sólo al comer, o cuando veían colores brillantes u oían truenos. Se reían entonces, echando afuera lengua y ríos de baba, radiantes de frenesí bestial. Tenían, en cambio, cierta facultad imitativa; pero no se pudo obtener nada más. Con los mellizos pareció haber concluido la aterradora descendencia. Pero pasados tres años desearon de nuevo ardientemente otro hijo, confiando en que el largo tiempo transcurrido hubiera aplacado a la fatalidad.

No satisfacían sus esperanzas. Y en ese ardiente anhelo que se exasperaba, en razón de su infructuosidad, se agriaron. Hasta ese momento cada cual había tomado sobre sí la parte que le correspondía en la miseria de sus hijos; pero la desesperanza de redención ante las cuatro bestias que habían nacido de ellos, echó afuera esa imperiosa necesidad de culpar a los otros, que es patrimonio específico de los corazones inferiores.

Iniciáronse con el cambio de pronombre: tus hijos. Y como a más del insulto había la insidia, la atmósfera se cargaba.
—Me parece —díjole una noche Mazzini, que acababa de entrar y se lavaba las manos— que podrías tener más limpios a los muchachos.
Berta continuó leyendo como si no hubiera oído.
—Es la primera vez —repuso al rato— que te veo inquietarte por el estado de tus hijos.
Mazzini volvió un poco la cara a ella con una sonrisa forzada:
—De nuestros hijos, ¿me parece?
—Bueno; de nuestros hijos. ¿Te gusta así? —alzó ella los ojos.
Esta vez Mazzini se expresó claramente:
—¿Creo que no vas a decir que yo tenga la culpa, no?
—¡Ah, no! —se sonrió Berta, muy pálida— ¡pero yo tampoco, supongo...! ¡No faltaba más...! —murmuró.
—¿Qué, no faltaba más?
—¡Que si alguien tiene la culpa, no soy yo, entiéndelo bien! Eso es lo que te quería decir.
Su marido la miró un momento, con brutal deseo de insultarla.
—¡Dejemos! —articuló, secándose por fin las manos.
—Como quieras; pero si quieres decir...
—¡Berta!
—¡Como quieras!

Este fue el primer choque y le sucedieron otros. Pero en las inevitables reconciliaciones, sus almas se unían con doble arrebato y locura por otro hijo.
Nació así una niña. Vivieron dos años con la angustia a flor de alma, esperando siempre otro desastre. Nada acaeció, sin embargo, y los padres pusieron en ella toda su complacencia, que la pequeña llevaba a los más extremos límites del mimo y la mala crianza.

Si aún en los últimos tiempos Berta cuidaba siempre de sus hijos, al nacer Bertita olvidóse casi del todo de los otros. Su solo recuerdo la horrorizaba, como algo atroz que la hubieran obligado a cometer. A Mazzini, bien que en menor grado, pasábale lo mismo.

No por eso la paz había llegado a sus almas. La menor indisposición de su hija echaba ahora afuera, con el terror de perderla, los rencores de su descendencia podrida. Habían acumulado hiel sobrado tiempo para que el vaso no quedara distendido, y al menor contacto el veneno se vertía afuera. Desde el primer disgusto emponzoñado habíanse perdido el respeto; y si hay algo a que el hombre se siente arrastrado con cruel fruición, es, cuando ya se comenzó, a humillar del todo a una persona. Antes se contenían por la mutua falta de éxito; ahora que éste había llegado, cada cual, atribuyéndolo a sí mismo, sentía mayor la infamia de los cuatro engendros que el otro habíale forzado a crear.

Con estos sentimientos, no hubo ya para los cuatro hijos mayores afecto posible. La sirvienta los vestía, les daba de comer, los acostaba, con visible brutalidad. No los lavaban casi nunca. Pasaban casi todo el día sentados frente al cerco, abandonados de toda remota caricia.

De este modo Bertita cumplió cuatro años, y esa noche, resultado de las golosinas que era a los padres absolutamente imposible negarle, la criatura tuvo algún escalofrío y fiebre. Y el temor a verla morir o quedar idiota, tornó a reabrir la eterna llaga.

Hacía tres horas que no hablaban, y el motivo fue, como casi siempre, los fuertes pasos de Mazzini.
—¡Mi Dios! ¿No puedes caminar más despacio? ¿Cuántas veces...?
—Bueno, es que me olvido; ¡se acabó! No lo hago a propósito.
Ella se sonrió, desdeñosa:
—¡No, no te creo tanto!
—Ni yo, jamás, te hubiera creído tanto a ti... ¡tisiquilla!
—¡Qué! ¿Qué dijiste...?
—¡Nada!
—Sí, te oí algo! Mira: ¡no sé lo que dijiste; pero te juro que prefiero cualquier cosa a tener un padre como el que has tenido tú!
Mazzini se puso pálido.
—¡Al fin!— murmuró con los dientes apretados—. ¡Al fin, víbora, has dicho lo que querías!
—¡Sí, víbora, sí! Pero yo he tenido padres sanos ¿oyes?, ¡sanos! ¡Mi padre no ha muerto de delirio! ¡Yo hubiera tenido hijos como los de todo el mundo! ¡Esos son hijos tuyos, los cuatro tuyos!
Mazzini explotó a su vez.
—¡Víbora tísica! ¡eso es lo que te dije, lo que te quiero decir! ¡Pregúntale, pregúntale al médico quién tiene la mayor culpa de la meningitis de tus hijos: mi padre o tu pulmón picado, víbora!
Continuaron cada vez con mayor violencia, hasta que un gemido de Bertita selló instantáneamente sus bocas. A la una de la mañana la ligera indigestión había desaparecido, y como pasa fatalmente con todos los matrimonios jóvenes que se han amado intensamente una vez siquiera, la reconciliación llegó, tanto más efusiva cuanto hirientes fueran los agravios.

Amaneció un espléndido día, y mientras Berta se levantaba escupió sangre. Las emociones y mala noche pasada tenían, sin duda, gran culpa. Mazzini la retuvo abrazada largo rato, y ella lloró desesperadamente, pero sin que ninguno se atreviera a decir una palabra.

A las diez decidieron salir, después de almorzar. Como apenas tenían tiempo, ordenaron a la sirvienta que matara una gallina.

El día radiante había arrancado a los idiotas de su banco. De modo que mientras la sirvienta degollaba en la cocina al animal, desangrándolo con parsimonia (Berta había aprendido de su madre este buen modo de conservar frescura a la carne), creyó sentir algo como respiración tras ella. Volvióse, y vio a los cuatro idiotas, con los hombros pegados uno a otro, mirando estupefactos la operación... Rojo... rojo...
—¡Señora! Los niños están aquí, en la cocina.
Berta llegó; no quería que jamás pisaran allí. ¡Y ni aun en esas horas de pleno perdón, olvido y felicidad reconquistada, podía evitarse esa horrible visión! Porque, naturalmente, cuando más intensos eran los raptos de amor a su marido e hija, más irritado era su humor con los monstruos.

—¡Que salgan, María! ¡Échelos! ¡Échelos, le digo!
Las cuatro pobres bestias, sacudidas, brutalmente empujadas, fueron a dar a su banco.
Después de almorzar, salieron todos. La sirvienta fue a Buenos Aires, y el matrimonio a pasear por las quintas. Al bajar el sol volvieron, pero Berta quiso saludar un momento a sus vecinas de enfrente. Su hija escapóse en seguida a casa.
Entretanto los idiotas no se habían movido en todo el día de su banco. El sol había traspuesto ya el cerco, comenzaba a hundirse, y ellos continuaban mirando los ladrillos, más inertes que nunca.

De pronto, algo se interpuso entre su mirada y el cerco. Su hermana, cansada de cinco horas paternales, quería observar por su cuenta. Detenida al pie del cerco, miraba pensativa la cresta. Quería trepar, eso no ofrecía duda. Al fin decidióse por una silla desfondada, pero faltaba aún. Recurrió entonces a un cajón de kerosene, y su instinto topográfico hízole colocar vertical el mueble, con lo cual triunfó.

Los cuatro idiotas, la mirada indiferente, vieron cómo su hermana lograba pacientemente dominar el equilibrio, y cómo en puntas de pie apoyaba la garganta sobre la cresta del cerco, entre sus manos tirantes. Viéronla mirar a todos lados, y buscar apoyo con el pie para alzarse más.

Pero la mirada de los idiotas se había animado; una misma luz insistente estaba fija en sus pupilas. No apartaban los ojos de su hermana, mientras una creciente sensación de gula bestial iba cambiando cada línea de sus rostros. Lentamente avanzaron hacia el cerco. La pequeña, que habiendo logrado calzar el pie, iba ya a montar a horcajadas y a caerse del otro lado, seguramente, sintióse cogida de la pierna. Debajo de ella, los ocho ojos clavados en los suyos le dieron miedo.

—¡Suéltame! ¡Déjame! —gritó sacudiendo la pierna. Pero fue atraída.
—¡Mamá! ¡Ay, mamá! ¡Mamá, papá! —lloró imperiosamente. Trató aún de sujetarse del borde, pero sintióse arrancada y cayó.
—Mamá, ¡ay! Ma...
No pudo gritar más. Uno de ellos le apretó el cuello, apartando los bucles como si fueran plumas, y los otros la arrastraron de una sola pierna hasta la cocina, donde esa mañana se había desangrado a la gallina, bien sujeta, arrancándole la vida segundo por segundo.

Mazzini, en la casa de enfrente, creyó oír la voz de su hija.
—Me parece que te llama —le dijo a Berta.
Prestaron oído inquietos pero no oyeron más. Con todo, un momento después se despidieron, y mientras Berta iba a dejar su sombrero, Mazzini avanzó en el patio.
—¡Bertita!
Nadie respondió.
—¡Bertita! —alzó mas la voz ya alterada.
Y el silencio fue tan fúnebre para su corazón siempre aterrado, que la espalda se le heló de horrible presentimiento.
—¡Mi hija, mi hija! —corrió ya desesperado hacia el fondo. Pero al pasar frente a la cocina vio en el piso un mar de sangre. Empujó violentamente la puerta entornada, y lanzó un grito de horror.
Berta, que ya se había lanzado corriendo a su vez al oír el angustioso llamado del padre, oyó el grito y respondió con otro. Pero al precipitarse en la cocina, Mazzini, lívido como la muerte, se interpuso conteniéndola:
—¡No entres! ¡No entres!
Berta alcanzó a ver el piso inundado de sangre. Sólo pudo echar sus brazos sobre la cabeza y hundirse a lo largo de él con un ronco suspiro.



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AUTORES - Murilo Rubião

Una nueva colaboración de Kala Azar sobre el autor Brasileño Murillo Rubião


Murilo Rubião
(1916-1991)


Escritor, profesor y periodista de nacionalidad brasileña. Es el primer cuentista moderno del genero fantástico y Pionero del Realismo Mágico en la literatura brasileña. Publico su primer libro de relatos a los treinta años.


Bibliografía

  • La Estrella Vermeja (1953)
  • Los dragones y otros cuentos (1965)
  • El Pirotecnico Zacarias (1975)
  • El Convidado (1978)
  • Dieciséis cuentos Latinoamericanos


LOS TRES NOMBRES DE GODOFREDO


Murilo Rubião


Sucedió que advertí una arruga en su frente.
Ella estaba sentada frente a mí a la mesa de la cuál durante quince años seguidos fui el único ocupante a la hora del almuerzo y de la cena, desde una fecha que no podría precisar.

Al advertir su constante presencia, consideré el hecho como perfectamente natural. El lugar no me pertenecía en nombre de ningún derecho y, por otra parte, mi vecina no hacía nada que pudiera molestarme. Ni siquiera me dirigía la palabra. Además, su comportamiento durante las refecciones era discreto, exento de cualquier ruido que pudiera llamar la atención.

Esa noche, sin embargo, me sentía inquieto, incómodo al desconocer los motivos de su preocupación. Y estaba dispuesto a abandonar la mesa, convencido de que, de este modo, mi compañera se sentiría más cómoda. Tal vez tuviera alguna preocupación y prefiriera estar sola. Al recorrer el recinto con la mirada, noté que eran muchos los lugares vacíos, lo que no dejaba de ser corriente en el restaurante, cuya clientela era muy reducida. Me sentí molesto y consideré como un atropello el hecho de tener que abandonar la mesa, cuando la muchacha podría también haberlo hecho. ¿Y, por qué había venido, justamente, a sentarse a mi lado?

Una vez superada mi irritación y diciéndome que demostraba ser muy poco educado al albergar semejantes pensamientos, resolví abandonar la mesa. Al fin de cuentas ella, al igual que yo, podría también preferir precisamente ésa.

Me volví hacia la joven y le pregunté si no vería mal que cambiara de lugar.

Me decepcionó su indiferencia ante un gesto que yo consideraba el más delicado posible. Esbocé un rápido cumplido con la cabeza y me dirigí el extremo opuesto del salón.

No bien me acomodé en la otra silla, me aguardaba una nueva sorpresa: la mujer caminaba en mi dirección, con el propósito evidente de volver a mi lado. Al mismo tiempo, me alegré al ver que la arruga había desaparecido de su frente y me reproché por no habérseme ocurrido antes la idea de escoger un lugar mejor, más del agrado de mi compañera. Sucedía, con todo, algo que aún no lograba comprender: ¿sería ella mi convidada esa noche? ¿Y en los días anteriores?

Insatisfecho con las dudas que me asaltaban, indagué medio cohibido:
–La invité a almorzar, ¿verdad?
–¡Claro! Y no hacía falta una invitación formal para traerme aquí.
–¿Cómo?
–Caramba, ¿desde cuándo se hizo obligatorio para el marido invitar a comer a su mujer? –¿Usted es mi mujer?
–Sí, la segunda. O acaso, ¿hace falta que te diga que la primera era rubia y que la mataste en un acceso de celos?
––No es necesario. –Ya me sentía bastante confundido ante la noticia de mi casamiento y no deseaba que me crearan un remordimiento por un asesinato que no recordaba en lo más mínimo–. Sólo me gustaría aclarar si estamos casados hace muchos años.

Un tanto forzada, como queriendo divertirse conmigo, replicó:
–Es una historia muy vieja. Ya ni me acuerdo.
–Y ¿hemos dormido juntos? –insistí, a la espera de que, en cualquier momento, se develara el equívoco y, aliviado, pudiera verificar que todo eso no pasaba de una farsa bien tramada.

La respuesta me decepcionó:
–¡Qué estupidez! Siempre dormimos juntos. No quedaba mucho para preguntar, pero insistí:
–¿Podrías decirme desde cuando nos conocemos?
Mi insistencia no la contrarió y me parece que debe haberse sentido bien predispuesta en vista de mi creciente embarazo:
–Sólo recuerdo que no fue durante la primavera, época en que florecen mis geranios.
Tenía necesidad de saberlo todo, no obstante estar convencido de la inutilidad de prolongar el interrogatorio:
–Mi primera mujer ¿no sentía celos de nuestra camaradería?
–En absoluto. (Y no era simple camaradería.) Tú sí que los tenías por cualquier cosa, a pesar de conocer –como nadie– su fidelidad. Debes haberla matado precisamente por eso.

–No me hables del crimen –supliqué, tomándola de la cara, una cara firme y fresca. Contemplé sus ojos, castaños y tiernos. La encontré linda. Cauteloso y temiendo ser rechazado, acaricié sus manos pequeñitas. –Creí que eras una sombra.
–Tonterías, ¡Santo Dios! ¿Por qué habría de ser una sombra?
–Lo que pasa es que, últimamente, no hablo con nadie ni reparo en las personas. Esa es la razón de mi demora en aceptar tu presencia..
Me detuve un momento. Miré a los costados y vi que estábamos solos en el salón. Aun sabiendo que el restaurante cerraba temprano, retomé el diálogo:
–¿No te aburría mi constante silencio?
–De ningún modo, nunca dejaste de conversar conmigo.
Volví a mirarla a los ojos: su belleza era diabólica. Tan hermosa que me quitó todo deseo de renovar las objeciones.
Esperé a que terminara de comer y pregunté adonde iríamos.
–A nuestra casa, según creo.

Confieso que me asaltó la curiosidad de saber si nuestra casa sería diferente de la mía. No recordaba exactamente su aspecto y dudé si podría localizarla.
Una vez en el frente de la casa que mi compañía aseguraba que era la nuestra, todavía vacilaba:
–¿Estás segura de que es aquí, Geralda?
Ella sacudió la cabeza afirmativamente, pero no le di importancia al gesto. Sólo me preocupaba llegar a descubrir cómo había logrado adivinar su nombre, porque estaba seguro de haberlo pronunciado por primera vez en ese preciso momento.
Una vez abierta la puerta de entrada se disiparon mis dudas: mi sobretodo de cuello de piel estaba sobre el sofá. Lo único que me llamaba la atención eran algunos detalles en los que antes nunca había reparado. Los muebles, aunque antiguos, eran sobrios, mientras que los cuadros, mal distribuidos en las paredes, desentonaban por su mal gusto. Y había flores por todas partes.

Geralda, sin la más mínima extrañeza, me acompañaba en mis sucesivos descubrimientos.
La curiosidad satisfecha, me acordé de mi esposa. Torpemente y sin saber si procedía bien, extendí las manos para atraerla a mí. Pálida, con el pelo negro, los ojos grandes, ella permanecía sonriendo en el centro de la sala, a la espera de que la abrazara. La emoción, sumada a un terror inexplicable, me contuvo un momento. Pero no me fue posible, sin embargo, reprimir el instinto de exigir la posesión de esa mujer que se ofrecía íntegra a mis brazos. Avancé hacia ella, buscándole la boca. La besé con impaciencia, y sentí un sabor nuevo, como si fuera la primera mujer a quien besara.

Sólo cuando entreví un bostezo en sus labios, me di cuenta de que era tarde. Y nos fuimos a dormir.

Por un instante, encontré extraño que Geralda me acompañara al cuarto. Después, me di cuenta de que me preocupaba en vano: la cama era de matrimonio y tenía dos almohadas. Frente a nosotros, había un tocador con diversos objetos de uso femenino.
Ella comenzó a desvestirse y yo, cohibido, no sabía si debía retirarme o ponerme el pijama allí mismo. Por culpa de la indecisión o por la belleza de sus piernas, me faltó iniciativa y me quedé parado en el medio de la habitación.

Cuando la vi acomodada en la cama, me senté en el borde y me fui quitando la ropa.
Al despertar y sentir el calor de ese cuerpo, me vino una intensa sensación de posesión, de posesión definitiva. Ya no podía dudar de que fuera mía para siempre.
Le hablé largamente, bajito, casi susurrando, sus cabellos rozando mi cara.

Los meses corrían y evitábamos salir de casa. (No quería que los demás fueran testigos de nuestra intimidad, de los cuidados que yo le brindaba.)
Locuaz, alegre, ahora yo gozaba viéndola comer a pequeños bocados, masticando" los alimentos despaciosamente. Algunas veces me interrumpía con una observación ingenua.
–Si la tierra da vueltas, ¿por qué no nos mareamos? En vez de impacientarme, le decía, a modo de respuesta, una cantidad de cosas graves, que Geralda escuchaba con ojos embelesados. Al final, me lisonjeaba con un desmesurado elogio de mis conocimientos.

Los días no tardaron en hacerse largos, y mis atenciones se fueron haciendo rutinarias; se produjo un vacío entre nosotros, hasta que terminé por callar. Ella enmudeció también.
Nos quedaba el restaurante. Y allí nos dirigíamos, guardando un silencio condenado a dolorosa permanencia.
Su cara comenzó a resultarme odiosa, al igual que el reflejo de mi tedio en su mirada. Así las cosas, nacía en mí el deseo de estar solo, sin lograr que Geralda me abandonara jamás, siguiéndome adonde quiera qué fuera. Nervioso, implorando compasión con la mirada, no tenía el coraje suficiente para confesarle lo que pasaba en mi fuero íntimo.

Una tarde en que miraba a las paredes sin ninguna intención aparente, advertí una cuerda colgada de un gancho. La agarré y dije a Geralda, que se mantenía abstraída, distante:
–Te servirá de collar.
No hizo ninguna objeción. Me tendió el cuello, a cuyo alrededor, con delicadeza, pasé la cuerda. En seguida, tiré de las puntas. Mi mujer cerró los ojos como si estuviera recibiendo una caricia. Apreté con fuerza el nudo y la vi caer al piso.

Como era la hora del almuerzo, maquinalmente, me dirigí al restaurante, donde ocupé la mesa de costumbre. Me senté, distraído, totalmente despreocupado. Aun más, estaba sumergido en una dulce sensación de libertad. No había aún elegido el plato, cuando tuve un escalofrío: en la silla, frente a mí, acababa de sentarse una joven señora que, a no ser por el pelo rubio, habría jurado que era mi mujer. Me llenaba de asombro la semejanza que había entre las dos. Los mismos labios, nariz, ojos, la manera de fruncir la frente.

Una vez pasada mi perplejidad, resolví aclarar la desagradable situación:
–¿Eres Geralda? –pregunté, más para iniciar la conversación que para obtener una respuesta afirmativa. Mi mujer tenía el pelo negro y un diente de oro.
–No. Soy tu primera esposa, a la segunda acabas de matarla...
–Sí, ya lo sé. La maté en un acceso de celos...
–¿Acaso podría ser de otro modo, mi pobre Robério?
–¿Robério? –nunca nadie me había conocido por ese nombre. Había alguna equivocación, un tremendo engaño en todo esto.
Traté de recuperar la calma con el objeto de disipar el malentendido:
–Todo eso ya pasó, Joana. Me llamo Godofredo.
–Te engañas, Robério, no podrás olvidarlo.
–¿Quién dice que no podré? –repliqué, agresivo, indignado por su temeridad.
Ella ignoró mi exabrupto. Y fría, irritantemente tranquila, me provocaba:
–Puedes gritar todo lo que quieras, el restaurante está vacío.
–Y ¿por qué está vacío? –pregunté con aspereza, levantando aún más la voz.
Joana era conciente de la inutilidad de toda explicación, pero respondió, tratando de disimular su lástima:

–Sólo nosotros dos frecuentamos este restaurante, que papá compró para ti.
–Nada le pedí a tu padre, y ni siquiera sabía de su existencia. ¡Al diablo con ustedes dos!
A medias nauseado y a medias temeroso, me levanté apresuradamente. Alcancé la acera y salí corriendo sin tener noción de lo que iría a hacer.
Sólo me detuve al llegar frente a la puerta de casa. Eché el cerrojo y tranqué por dentro la puerta de entrada. No había aún guardado las llaves en el bolsillo, cuando me acordé del cadáver de Geralda. Pensé en retroceder, pero me detuve: frente a mí, de pie en el vestíbulo, se hallaba una mujer bastante parecida a mis otras esposas. Tenía la cabellera dorada de Joana y se distinguía de las dos por tener, además de las cejas arqueadas, un anillo de amatista en el anular.
Cayó sobre mí una aflicción desesperante. Le abrí los brazos, y ella entró en ellos, adhiriendo fuertemente su cuerpo al mío. Llevé las manos hasta su cuello, y lo apreté.

Quedó extendida sobre la alfombra y seguí hasta el comedor. No bien entré al saloncito, me asusté: a la cabecera de la mesa, dispuesta a almorzar, sonreía una joven que se parecía extrañamente a Joana y Geralda.
–Naturalmente, eres mi cuarta esposa.
–No, por Dios, apenas somos novios –dijo, indicándome un lugar a su izquierda.
–¿Novia mía?
Espantado, pregunté si hacía mucho tiempo que vivíamos juntos.
–Vivo sola desde que mi padre murió. Tú acabas de llegar y eres mi huésped. Una vez que nos casemos iremos a vivir a la ciudad.

La cinta de terciopelo, que prendía un medallón antiguo al cuello de Isabel, me fascinó por algunos segundos. Desvié la mirada hacia el plato, ya servido, y advertí que había perdido las ganas de comer. Cuando levanté la cabeza nuevamente, se me ocurrió formular algunas preguntas, posiblemente las mismas que le había hecho a mi segunda mujer en el restaurante aquella noche. Desistí, preocupado por descubrir una ciudad que se había perdido en mi memoria.

FIN


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ANIME- Final Fantasy VII- Advent Children

Final Fantasy VII: Advent Children

Final Fantasy es uno de los grandes referentes para tres temas en el mundo del entretenimieno: Juegos de Consola, RPG y Animación.

Sacado a la venta en Japón hace poco (14/9/2005) es la secuela de la primera Exploración en el mundo mediático de esta saga, la película Final Fantasy: The Spirits Within (2001) con una trama que no tenía bastante que ver con FF IX, de un evidente mensaje pro-ecológico.

Este regreso a la animación de la mano de los directores Tetsuya Nomura y Takeshi Nozue, producida por Yoshinori Kitase y con toda la fuerza de SQUARE ENIX detrás es una especie de reencuentro en la animación con los Fans del juego, confieso no haber jugado nunca ninguno de los juegos de la Saga, aunque ciertos temás y personajes me eran familiares.

La trama se desprende de la del juego, en la cual una compañía llamada Shinra extrae la energía vital de la Tierra (aparentemente existe un flujo de energía vital en todos los mundos vivientes el cual se puede aprovechar como fuente energética y de conocimientos, ya que se obtiene lo que se almacena de conocimientos antiguos, a destacar la relación que esto tiene con las creencia geománticas orientales, cuya forma más conocida por estos lares es el Feng Shui) que, por esta razón, comienza a morir lentamente. La cosa empeora cuando Sephiroth, un soldado creado a partir de la materia de una máquina de destrucción extraterrestre (Jenova) emprende una campaña para apoderarse del control del flujo de la vida ¿La razón? invertirlo y matar a todos los seres vivientes. Es al final, el mismo flujo de la Vida quien se encarga de Sephiroth,

Esta gran, de la cual trata el juego, cobra las vidas de Aerith Gainsbourough y Zack, dos miembros del equipo original, lo que ha sumido a su amigo Cloud Strife en una profunda depresión y deseperanza, lo que lo lleva a un profundo aislamiento de todos los demás, incluyendo a Tifa y Marlene, hermana de Aerith.

La aparición de tres ex-soldados, que se hacen llamar los hombres de cabello plateado, buscando a su "madre" resulta ser el inicio de una nueva aventura para Cloud y cia. Todo esto teniéndo que ver con el retorno de Sephiroth y la búsqueda por parte de la humanidad por liberarse de los Geostigma, marcas hechas por el flujo de la tierra trás el desastre de la Corporación Shinra.

Estamos frente a una producción a la que es díficil catalogar dentro de los géneros de Fantasía o Ciencia Ficción, ya que si bien los elementos de la trama son de un RPG, la presentación de estos es bastante futurista, el diseño de escenarios nos recuerda a ciudades post-apocalípticas como las de las películas de Mad Max o el Juez Dredd, en las cuales la desesperanza es el habitante por excelencia.

Una vez que los planes de los hombres de Cabello plateado se revelan, usando a los niños marcados por el estigma para regresar a Sephiroth a la vida, es cuando Tifa y los amigos de Cloud deciden intervenir, apareciendo el mismo Cloud para cumplir su destino y enfrentar a sus miedos.

En este sentido, el tema argumental de fácil destaque a lo largo de la trama es la redención, como Cloud (que es en cierto modo una sombra de Sephiroth) es capaz de dejar de lado su culpabilidad y resentimiento y salir hacia adelante, enfrentando a los desafíos que se le presentan, tanto por él mismo como por las personas a las que quiere. La animación nos ayuda a transmitir este mensaje a través de las expresiones de los personajes.

SQUARE ENIX ya tiene una destacada carrera como productora de animación en 3D, como muestra la anterior película de Final Fantasy ya comentada y el corto The last flight of the Osiris que forma parte de Animatrix. Por lo que no era para nada novedad encontrar una animación de calidad, que en este caso es muy superior a las dos anteriormente mencionadas. Los personajes están hechos con un nivel de detalle bastante realista, decantándose por un diseño de personajes bastante más cercano al tipo Oriental (Cloud, Denzel,Tifa y Yuffie) aunque los "Occidentales" de la trama también están bien presentados.

El manejo del ritmo argumental es, sencillamente, de Otro Lote. Al inicio es lento, pero como es usual en estas producciones, va In Crescendo, hasta las secuencias finales de Acción en las que se decide todo y que en su desarrollo, dejan como pálidas escenas a películas como Matrix o Crouching Tiger, Hidden Dragon por lo vertiginosas y bien detalladas a pesar de esto. Acompañadas además por la Música de Nobuo Uematsu, quien ya había participado en The Spirits Within, que le da un gran realce a las secuencias.

Los puntos bajos de esta producción son pocos, aunque los que no tienen familiaridad con el juego pueden perderse en la trama y algunos diálogos pueden sonar extremadamente recargados, es una producción que vale la pena ver y apreciar en su dimensión.



Otros Recursos:



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9/27/2005

AUTORES- Juan Emar

Un nuevo aporte de Kala Azar, referido al autor chileno Juan Emar


Juan Emar
Alvaro Yáñez Bianchi
(1893–1964)


Considerado por algunos el Kafka chileno. Incomprendido por la critica no fue hasta la decada del sesenta que su obra fue reconocida después de largos y duros años de batalla. Su obra es en cierto sentido compleja y detallista y esta cargada de erotismo. Los cuentos que aparecen en diez (de evidente influencia cubista) son: El pajaro verde, Maldito gato, El perro amaestrado , El unicornio, Papuza, Chezuma, Pibeza,El Hotel Mcquice, El Fundo La Cantera y El vicio del alcohol.


Bibliografía

  • Miltin (1934)
  • Diez (1937)
  • Umbral (5 Tomos)


EL HOTEL MAC QUICE

Juan Emar

Dejamos nuestra habitación, mi mujer y yo, a eso del atardecer. De nuestra habitación pasamos por un corredor angosto a la galería, larga, ancha y alta. Esta galería era sobre todo larga. Su final era dudoso. Era principalmente de color ocre amarillo. Las columnas de mármol, a mitad embutidas en los muros, eran de un ocre ligeramente más claro.

Los paños de muro entre ellos eran casi pardos, bordeados de una franja de oro seguida por otra, ya junto a las columnas, de un tono chocolate. En el techo predominaba el oro, pero un oro viejo. La alfombra era de color tabaco. De cuando en cuando, sea a derecha o sea a izquierda, colgaba de los muros un trapo granate. Una sola vez, un trapo verde esmeralda. El total de todo lo descrito era, como he dicho, ocre amarillo.

Pero volvamos a la alfombra. Era, repito, de color tabaco. Olvidaba decir de tabaco claro. No era esto lo más característico que tenía. Lo más característico era, sin duda, su espesor. Por cierto que no se le podía medir, pues llegaba, la alfombra, por ambos lados, hasta la base de los muros. Pero se le adivinaba por su blandura y, sobre todo, por su total silencio.

Tanto mi mujer como yo y como también el botones que nos precedía con nuestras valijas, al avanzar sobre ella, tomamos un ritmo de péndulo muy lento. Otro olvido: el botones vestía de color guinda, mi mujer de color lana de carnero y yo de color de cocodrilo muerto hace días. Mi sombrero era de un tono de extracto de malta, el de mi mujer de un tono algodón quemado y el del botones de un tono de papel humedecido en agua salada.

Pero volvamos a nuestro modo de andar. Ya que lo comparé con el movimiento de un péndulo, debo advertir que este péndulo se movería, con relación a nuestro cuerpos, de atrás hacia adelante, es decir en el sentido de nuestra marcha, de ningún modo de un lado hacia otro, de ningún modo un balance, en fin, de ningún modo como un ave que se aleja por las piedras.

Si se toma bien en cuenta lo dicho anteriormente, este movimiento podría compararse, aunque de lejos, y, repito, sin olvidar lo anterior, al movimiento que toman los actores italianos en sus óperas mediocres, sobre todo, cuando visten a la usanza del siglo XV, y, más aún, si llevan cada media de un color diferente y una de ellas rayada a lo largo de negro y amarillo. Los camellos también, pero a veces solamente si no llueve y es algo tarde.

Otra particularidad de nuestra marcha por la galería: en todas las marchas de mi vida he sentido con nitidez blanca que soy yo quien avanza y que es inmóvil aquello sobre lo cual avanzo. Esta vez –junto con sentir siempre mi avance–sentía que la galería se movía a su vez y naturalmente –en sentido contrario–. Esto además facilitaba nuestra marcha aunque ni por un momento la aceleró. Esto además me hizo recordar algunas cintas cinematográficas tomadas, por ejemplo, desde la cabeza de un tren: los rieles se precipitan con el paisaje encima y uno queda quieto en su butaca, quieto como la Tierra, como el Sol, cuando la Tierra es la que se mueve. Y esto último a nadie se lo comuniqué, ni a mi mujer ni al botones ni a ningún ser que hubiésemos podido cruzar. Quedó como secreto. Un secreto que se balanceó ligeramente dentro de mí en sentido inverso a mi propio balance, de modo que, regularmente, me golpeó una vez el pecho, otra la espalda, por dentro ambas, se entiende. Contra el pecho era sonido de dardos quebrándose; contra la espalda, de labios carnosos, húmedos, pegados con saliva y sangre. Llegamos al pupitre del conserje. Aquí la galería se ensanchaba en el costado del pupitre, es decir a nuestra derecha. Allí se formaba un nicho grande, tan grande como para dar cabida a veinte y acaso treinta conserjes. Mas no había más que uno. Bajo sus bigotes de ceniza, su librea era de color sangre de toro coagulada. Corrían por ella hilos de oro líquido con antenas movibles.

El conserje no prestaba a ellas ninguna atención. No es de extrañarse pues –olvidé advertirlo– eran las antenas extremadamente finas y no más largas que las de un calluctidonum stridensis, sobre todo cuando bajo guirnaldas de codornices que las velan, duerme, desplegando sus alas de cristal. Este cristal es opaco, entre semen y lava ya por detenerse. Igual tono se hacía en las vidrieras del nicho. Porque todo el fondo del nicho llevaba vidrieras. Quedaban en los sitios que en la galería ocupaban los paños de muros entre las columnas semi embutidas. Su luz golpeaba al conserje por toda su parte anterior, que era, por lo demás, la que nosotros veíamos. Pero, aunque no nos detuvimos, pude saber –acaso sea más prudente decir suponer– cuál era el color allí atrás. Al pasar nosotros, el conserje inclinó la cabeza de modo que lo alto de su gorra, que durante largo rato había recibido la luz de las vidrieras, vino a quedar en el campo de nuestra visión. Por un segundo conservó aún el color tanto rato recibido. Era color telaraña de arañas viscosas de vientre púrpura. Como si una mano cogiera un hilo y tirara hacia arriba, se esfumó resbalando este color. Y quedó la gorra tal cual la librea, sangre de toro coagulada. Pasamos, el conserje y nosotros. Pasó el conserje hacia la succión completa en el glauco de su nicho. Las vidrieras se apagaron. Entonces el único trapo verde esmeralda colocó sus reflejos sobre cada uno de los cristales vacíos.
Nuestro balance aumentó en amplitud y suavidad. Apareció –siempre a nuestra derecha– una puerta atravesada por una flecha de metal. Dóciles a su indicación, dejamos la galería tras botones y valijas. Y entramos a una vasta plaza de goma. Algunos árboles a medio morir obscurecían el enorme silencio hueco de aquel sitio. Antes de seguir diré: el tono de los árboles era aceituna, por sí solo; al estar allí, se rayaba de visos de ébano amargo.

Más o menos por el centro de la plaza nos detuvimos. El botones puso por tierra nuestras valijas que formaron una especie de monolito alto como mi mujer. Cueros de camello, de ciervo, reno, cobra, lagarto, sapo de India, leopardo y lince, se acurrucaron envolviéndose en sí mismos y nos esperaron a mi mujer y a mí mientras el botones desaparecía. Miré entonces la fachada del edificio que acabábamos de abandonar, del gran Hotel Mac Quice. Sus paredes eran de nubes sucias. Donde las nubes son agua y va a llover, había algo rojizo, cobre enmohecido. He visto las flores de la pavlona con un poco de sol contra un cielo azul. Hay que mirarlas largo rato y luego aburrirse sin fumar. Ese era el color de las paredes del Hotel Mac Quice.

El suelo de la calle era como un tronco de Jacarandá tendido, no redondo, sino plano. Los pasos sobre él resonaban como la tos mía de noche a obscuras, cuando, para ahogarla, me cubro la boca con mi gran pañuelo de seda fresca ribeteado de gris acero y con un losange amarillo al centro, me la cubro para que mi mujer no se despierte. Pues yo siempre velo por el sueño de mi mujer y siempre he velado por él. Sin ello, no habría logrado mi mujer ni una noche de perfecta paz, ya que ni una sola, desde que tengo memoria, he dejado de toser, súbitamente, arrancándome del sueño. Porque sueño. Cada noche empiezo a hilvanar el mismo sueño de la misma gacela que viene a mí, viene y va ya a balar en mi sexo, cuando es la gacela una mujer que no identifico. Un instante más y voy a identificarla y me vuelve la esperanza de poder, en adelante, gobernar de otro modo mis pasos en la vigilia. Mas la mujer grita, un acceso de tos me coge la garganta y despierto. Entonces mi pañuelo fresa, acero y amarillo, ahonda, ahueca el eco de la tos, y retumba por la alcoba, quedamente, un ritmo sordo de pasos por una calle de tronco de Jacarandá. Y mi mujer puede seguir su sueño. Así es la calle y la plaza toda en donde ahora estamos. Y allí enfrente la masa de los muros con sus mil ventanas. Sobre lo alto de una hilera de ellas, léese en oro gastado y verde: "Hotel Mac Quice".

Un sentimiento de malestar empezó a invadirme. Luego este sentimiento, lentamente, se fue transformando en un pensamiento que me ocupó entero: empecé a pensar –con dificultad, sí– que de seguro, al abandonar nuestra habitación, algo, por lo menos algo, habíamos dejado olvidado en ella. Algo indiscutiblemente. Vale decir, imposibilidad de seguir adelante sin antes verificar y recobrar. –Un momento –dije.
Crucé los palos de Jacarandá y penetré al hotel por una puertecita lateral que, dándome casi enfrente a la habitación, me ahorró todo el largo paso por la galería de felpa. Abrí, entré, miré. En efecto, habíamos olvidado:

Mi cepillo de dientes de carey color naranja artificial y más aun de jalea de extracto de naranja, 3/4; de caki, 1/4; como las preparadas por mi padre hace veinte años para festejar cualquier éxito de la familia. En el mango de mi cepillo se lee: Garantie. Siempre, antes de usarlo, aplicaba este mango contra el ojo izquierdo y miraba a través de él. Toda la vida hacia el pasado como hacia el futuro, era de jalea con tendencia a derretirse y por la boca sabía, entonces, a susurro de naranjas acres. Todas las mañanas me confirmaba, me prometía comprar por la tarde un cepillo con mango de carne y verdoso para que la vida fuese un aroma de manzanas crujientes. En fin, no se trata de esto. Se trata de que habíamos olvidado mi cepillo de dientes. Habíamos olvidado también un par de zapatos de gamuza blanca que mi mujer llevaba mañana por medio; nuestra máquina fotográfica Voigtlander, 6 x 9; mi sombrero de paja; el jabón para baño; tres sostén senos de mi mujer; dos de ellos rosados, el otro huevo de pato. Este último llevaba un agujero en el sitio del pezón derecho. No era razón para olvidarlo. Además habíamos olvidado su bata, de seda negra por fuera, de franela blanquecina por el interior, con dos manchitas de tinta cerca del cuello y una muy dudosa, mucho, tanto, que varias veces nos había ocasionado acaloradas discusiones, manchitas en forma casi perfectamente redonda, de tono gris pardo y que se hallaba, estando la bata bien cerrada y mi mujer de pie, inmóvil al centro de la habitación, sus ojos contemplándome –¡oh mujer!– se hallaba, digo, justo a dos centímetros sobre la cicatriz de su apendicitis. Habíamos olvidado todas mis corbatas sin excepción alguna (excepto, se entiende la que llevaba y que –olvidé decirlo al describir mi indumentaria– era de color de pergamino limpiado en partes, por lo tanto admirablemente armonizador con mi traje y más aún con mi sombrero). Pero todas las demás, ¡olvidadas! Y hay que ver que eran tres docenas y media. Habíamos olvidado mi reloj pulsera, Longines; un tubo de aspirinas; mi smoking de paño inglés, hecho donde Simos, $ 1.750; una cajita de roble americano con tapas de laca china, conteniendo cuatro condones sin uso, marca "Safety Brothers Ltda.", hechos de tímpano de paloma y yendo, la docena entera, del más fino cerúleo al más bronco azul de Prusia. También, nuestro fonógrafo portátil "Decca", con dos discos de cantejondo, uno de Angelillo y otro de la Niña de los Peines; con tres discos de ópera italiana: Rigoletto, Mefistófeles y Pagliacci; y con un disco con la Carmagnole por un lado y la Internacional por el otro. También un cenicero reclame "Cordón Vert–Champagne Demi–Sec Reims". Un prendedor de corbata que el día antes habíamos comprado para llevarlo de regalo a mi tío Diego y que era hecho con una cereza petrificada engastada en una garra de platino. Habíamos olvidado un paquete con comestibles que mi mujer había preparado cuidadosamente. Contenía ocho sandwichs que deberíamos comer simultáneamente, ella y yo, en cuatro tiempos: los dos primeros eran de queso de cabra silvestre y deberíamos haberlos tragado mientras, como péndulo, avanzábamos por la galería ocre sobre el silencio de la alfombra. Los dos siguientes serían comidos en la plaza, frente al hotel; eran de tiburón ahumado. Los otros dos, una hora después, ya al hallarnos en plena campiña dorada; eran de labios de ruiseñores, serían consumidos junto con traspasar el umbral de la habitación que nos esperaba para cobijar nuestro próximo amor, nuestro mutuo sueño, mi gacela no identificada, mi tos de Jacarandá y su dormir piadoso. También lo habíamos olvidado, el paquetito. Habíamos olvidado además a nuestra gatita de diez meses, Katinka. Apenas me vio llegar y mirar atónito tanto olvido, vino regalona a restregarse en mis pantalones. Y además habíamos olvidado mi bastón de palo de latrodectus formidabilis; el cortapapel; siete paquetes de tabaco habano; un ramo de azaleas, ofrenda del propietario del hotel; el irrigador de mi mujer; las notas para mi próxima novela; una invitación para visitar la exposición vitivinícola; y mis zapatillas de noche de piel de tarántula con dibujitos al óleo representando varias escenas de la pasión y muerte de N.S. Jesucristo. Y habíamos olvidado a mi hermana María que, como si nada hubiese acontecido, seguía en su lecho durmiendo suavemente, bajo las sábanas de espumilla, en su pijama de papel sedoso. Dormía María con una inocencia infinita y, de seguro, cruzaba por hermosos sueños, porque junto a ella alrededor de todo el lecho y mientras las comisuras de sus labios temblaban, se esparcía un vago perfume de ágata recalentada.

Todo eso habíamos olvidado.

No me sentí con fuerzas para recoger tanta cosa, sobre todo porque me asaltó la idea que, a medida que fuese recogiendo, nuevos olvidos se irían presentando a mi vista. Y bien podría ser que fuese asunto de nunca terminar. Así es que sin más, saludé con la mano, pensé: ¡Allá todo ello!, y, por la misma puertecita lateral, volví a la plaza. Mi mujer se había marchado.
Mi mujer se había marchado con todas las valijas. No había dejado ni una sola, ni siquiera una como indicadora del sitio en que, un segundo antes, habíamos estado juntos, unidos y mudos.
Se había marchado.
Me senté en un banco de madera suave, siempre frente a los muros del hotel. El color de las maderas del banco era entre hueso de palta y greda cocida. Mirando fijamente las letras del hotel, este color se rayaba, por rapidísimos instantes, de un azul calavera.
No había nadie en la plaza ni en ninguna de las calles que abocaban a ella.
Esperé media hora. Nadie. Esperé una hora. Nadie. A la hora y 17 minutos de estar sentado en el banco, pasó un hombre. Vestía de negro, las manos en los bolsillos de su gabán, el sombrero hundido en la cabeza. Se envolvía el cuello con una bufanda negra también; pero con algunos hilos de plata gris. Pasó rápidamente, a pasos menudos. Ese hombre, indudablemente, sabía adonde iba. Resumió en su gabán, en su sombrero enterrado, en su bufanda y en su andar precipitado, todo lo que en mí podía haber de esperanza. Así es que lo seguí. Mediaba entre nosotros un trecho de unos 5 a 6 metros. No más.

Entró por una callejuela, se engolfó por otra y otra más, siempre con rapidez.
Las calles aquí no eran como las de nuestras ciudades regulares en que, para pasar de una a otra, hay que doblar en 90 grados a riesgo de seguir indefinidamente por la misma. Aquí eran calles y callejuelas tortuosas y enredadas, de modo que el hombre en cuestión –aunque saliendo de unas para precipitarse en otras– siempre conservaba una dirección única, siempre hacia allá, hacia el este. Del punto de su objetivo, no creo que se desviase nunca más de 15 ó 20 grados. Obvio advertir que luego los corregía aprovechándose de la topografía de la ciudad, y, si del otro lado volvía a desviarse otro tanto, luego también hallaba medio de enfrentar su meta hacia el este.
Estas calles y callejuelas no tenían color porque yo miraba adelante. Es evidente que si en ellas hubiese habido de pronto algún color vibrante –un verde esmeralda, por ejemplo, como el del trapo de la galería; o un escarlata, o un anaranjado, etc.–, mi vista lo habría registrado y, al registrarlo, lo habría enfocado y, al enfocarlo, habría notado que calles y callejuelas tenían, como todo, color. Pero no hubo nada vibrante. Así es que la única concesión que puedo hacer es que todo aquello era grisáceo o ceniciento. Más, no.

Marchamos así mucho tiempo. Al fin, una claridad no muy distante me anunció que nos acercábamos a un espacio más amplio que este dédalo de casas amontonadas. En efecto, pasos más allá, entrábamos a una plaza con algunos árboles en vías de morir. El hombre se sentó en un banco. Yo me senté a su lado, pero no junto a él. Como el banco era bastante largo, dejé que entre nosotros mediara un par de metros. Al frente teníamos un gran edificio con mil ventanas. Allí se leía en grandes letras de oro gastado y verde: "Hotel Mac Quice".

Naturalmente, al leer esas letras, juzgué que me era necesario un poco de orden en mis ideas y sobre todo en mis hechos, pues esto estaba completamente fuera de todos mis hábitos.

Me revolqué entre varias suposiciones turbias, hasta que una luz –algo dudosa, algo opaca– brilló en mi mente: el hombre, aprovechándose de la tortuosidad de la ciudad, no había marchado siempre hacia el este, sino que –sin que yo lo advirtiese– había hecho un gran rodeo y había vuelto a la plaza por la calle opuesta a la que había tomado al salir de ella.

Después de un corto reposo, el hombre se levantó y siguió su marcha. Tomó el mismo camino que la vez precedente. Yo me coloqué a 6 metros de él y, ¡adelante!
Por si la cosa se repetía, tomé de inmediato mis precauciones. Justo encima de nuestra marcha parpadeaba una estrella desteñida. La fijé con detención. No había medio de confundirla. Abajo, formándole triángulo, palidecían dos otras: arriba, algo de la derecha, una cuarta vagamente rojiza. Y, por lo demás, eran ellas cuatro las únicas que brillaban, al menos en todo ese sector del cielo. ¿Con qué confundirlas? Para mayor precaución consulté mi pequeña brújula. ¡Bien! Norte a mi izquierda, sur hacia el hotel, oeste perforándome el vientre, este tras el hombre bajo las cuatro estrellas. Así, pues, ¡adelante!

Marchamos, marchamos, marchamos. Mis ojos iban del hombre a las estrellas, de las estrellas a la brújula, de la brújula al hombre. Las callejuelas se retorcían un poco de cuando en cuando. Si el hombre caía hacia la derecha, las estrellas, para compensar, caían como un mástil, en la misma magnitud, hacia la izquierda. Y para que todo quedase cual es la voluntad del Sumo Hacedor o sus cardenales, mi aguja, desde su esfera, me rozaba la tetilla del corazón.

Luego el hombre corregía. Las estrellas se suspendían sobre nosotros y la aguja se me alejaba perpendicular a mi costado izquierdo. Y cuando el hombre tumbaba al otro lado, lo primero se repetía hacia la derecha, acompasadamente, titilando allá arriba las cuatro minúsculas luces contra el cielo.

Marchamos sin variar rumbo. Marchamos hacia el este.
Hasta que después de larga marcha, llegamos a la claridad de una plaza grande. Arboles semivivos, bancos largos, Jacaranda. Al frente gruesas letras: "Hotel Mac Quice". El orden puesto a mis ideas la vez anterior, se deshacía. Pensar que las estrellas se moverían según nuestra marcha, habría sido absurdo. Otro tanto para la aguja de la brújula. Era menester otra explicación, Cualquiera otra, con tal que fuese otra.

No encontré más que una. Hela aquí: Un nuevo concepto de la estética urbana.
¿Por qué no? Yo, por mi parte, siempre había soñado con distribuir de otro modo centros y grandes edificios de una ciudad y, por ende, las arterias que los unirían. En mis sueños las ciudades se redondeaban; su plano llegaba a ser una gran filigrana redonda. Pues bien, la idea realizada aquí podía ser diferente, al menos en lo que yo hasta ahora había apreciado. Una idea larga y, en esta longitud a distancias regulares, poner los grandes hoteles de la ciudad. Para mayor armonía, todos estos hoteles serían iguales e iguales también las plazas que los enfrentaban. Para llevar la armonía a su máximo, se llamarían todos de igual modo: "Mac Quice". ¿Por qué no? Otra explicación no me venía.

Y el hombre se puso en marcha nuevamente.
Callejuelas sin color, estrellas, brújula. El hombre entró a una plaza, se detuvo y se sentó. Yo entré tras él y, como él, me detuve y mésente. Al frente se leía: "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
Siguió el hombre. Otra plaza. "Hotel Mac Quice".
Vaciló mi concepto sobre una nueva estética urbana.
"Hotel Mac Quice".
Vacila, vacila el concepto.
"Hotel Mac Quice".
"Hotel Mac Quice".
No era posible semejante concepto sobre la estética urbana. Lo que tres veces repetido resultaba magnífico –al menos para mi gusto–, repetido así, diez, quince y veinte veces, resultaba de un absurdo intolerable.
Bien. Por eso los hombres no repiten, no prolongan nada, más allá de ciertos límites harto restringidos. Lo más sólido que tengan, prolongado se les vuelve absurdo. No lo hacen, no. Así es que aquí tampoco lo hacen, tampoco lo han podido hacer.
Me era necesario encontrar otra explicación. Hela aquí: lo que ocurre es que, entre plaza y plaza, entre hotel y hotel, damos una vuelta al mundo, ni más ni menos... No hay sobre la Tierra más que una sola plaza con árboles muriendo y con ecos de Jacarandá.

No hay sobre la Tierra más que un "Hotel Mac Quice".
Es la solución.
El hombre ha tomado asiento por la quincuagésima quinta vez. Quincuagésima quinta... Es tiempo, lo es sobradamente, de cerciorarse en definitiva de lo que ocurre. Pues podría ser que hubiese aún otra solución. Está ello dentro de las posibilidades. Es tiempo –en vez de seguir devaneos–de ir recto al conocimiento de tal solución, si existe. Es decir, preguntárselo al hombre.
Dos metros entre nosotros. Suavemente resbalo hacia él. Entre nosotros, no más de medio metro. Entablamos conversación.

Pensé ante todo en el color que ella tendría. Recogí en mi cerebro cuanto datos alcancé: sitio, hora, circunstancias, etc. El color que tendría nuestra conversación sería el del agua pura en un vaso de cristal azulado, cayendo cerca de él un último rayo de sol de naranjas y siendo todo alrededor aire encerrado de piedras.
Este u otro, no podría, sin embargo, romper el silencio diciéndole al amigo:
–Caballero, hablemos y, si hablamos, cuanto digamos... –y lo demás ya anotado.
Preferible dejar de lado lo que se refiere al color e ir, directamente, al asunto por conversar.
Pero aquí la elección se me presentó erizada de dificultades. Era menester algo no muy ajeno en la historia; para este hombre, sin duda, a medida que los hechos se distanciaban, se cubrían de indiferencia. Algo de palpitante actualidad...; siempre la palpitante actualidad puede presentar un lado dudoso, sospechoso; puede ser para enredarle a uno, para acarrearle un compromiso. Y luego...
El hombre se levantó y se marchó por la misma callejuela. Marchamos. Llegamos a una plaza de goma; nuestros pasos resonaron como palos de Jacarandá; sobre muros de nubes sucias y flores de pavlona se leía: "Hotel Mac Quice".

Asiento.

Algo de mi vida privada, de mis luchas y sinsabores: la desaparición de mi mujer o las mil cosas olvidadas en la habitación del hotel. ¿Allí? Seguramente, Porque no hay más que un Hotel Mac Quice en todo el globo terrestre. Pero es el caso que un hombre que, de buenas a primeras, prorrumpe con su vida privada, hace lujo de una mediocridad, de una debilidad vergonzosa. Y excusado decir que a un hombre así no es posible darle datos, proporcionarle conocimientos sobre asunto tan complejo y sobre todo tan hondo como era el que me ocupaba y atormentaba.
Se puede hablar del tiempo, de los tonos callados que envuelven plazas, hoteles, ciudades enteras. Pero el hombre pensaría: "Este sujeto me ha seguido durante cincuenta y seis plazas para, al final, hablarme de tales cosas..."
" ¡Un imbécil, a no dudarlo!"
¡Cincuenta y siete!
¿Y hablar, hablar, no más, cualquier cosa? Cualquier cosa, al ser hablada, no se ubica en la historia, es permanente. Cualquier cosa no atañe la vida privada, flota encima de los hombres, sin penetrarles en la médula. ¡Ah!, más ahora pienso que todo puede ser cualquier cosa, según el rostro del que lo anuncie y del rostro del que lo escuche.

Y no puedo asegurar nada sobre mi rostro una vez ya algo enunciado, una vez que lo enunciado lo vea alejarse de mis labios y, más aún, si es color de agua pura, vaso de cristales azulados, sol de naranjas, aire de piedra. ¡Qué decir si me es posible responder del rostro de otro ser al recibir tales cosas!
¡Cincuenta y ocho!
Mas lo que se habla siempre, lo que habla todo el mundo, espontáneamente. Cuando se habla, se habla, se habla...
¡Cincuenta y nueve!
Toser, revolver el cerebro, oír el país entero en su hablar y enredarse en su engranaje de lengua. ¡Vamos! ¡Prisa!
¡ ¡Sesenta!!
¡Habla, habla, habla...! ¡Venga!
–Caballero... –empecé. Tos. Paso en un relámpago mi gran pañuelo, fresa, acero y oro. La gacela. Su sueño.
–Caballero... –El mundo ya me era un caos.
–Caballero, ¿qué piensa usted de Marcel Proust?
Al oír mi pregunta, su corbata palideció.
Ahora se va por la misma callejuela. Yo me agarro, me arraigo al banco hueso de palta y grada cocida. Hundo las uñas. A medida que el amigo se aleja siento que del pecho, a través de la ropa, me chupan.
Desapareció. Vuélveme el pecho.
¿Y si ahora yo sólo partiese en un sentido diferente?
A pasos lentos, volviéndole la espalda a las paredes del hotel, me alejé... Pasé bajo los árboles semimuertos. Bajo ellos los visos de ébano amargo que los rayaban, eran pardos de Siena rayados a su vez de tiza gris.
Seguí. Las callejuelas por donde anduve, tenían mucho de esta tiza. Una vez, de un balcón, colgó un trapo oriental color damasco. Otra vez, de otro balcón, cayó una orquídea.

De pronto, entre tres o cuatro casas, se abrió una plazoleta. Al centro silbaba un chorro de agua. Al fondo, un pequeño hotel. Sus muros blanquecinos se chorreaban de una pátina piel de puma. En viejas letras de plomo se leía: "Hotel O'Connor".
Sus ventanas eran de un verde veronés extremadamente brillante. Una de ellas se abrió de par en par. Su hueco era tono de fondo de cuba granate. Sobre este fondo y ribeteada por el verde brillante, apareció y se encuadró mi mujer. Al verme, agitó un pañuelo de violetas frías. Yo contesté con una mano de pergamino añejo.
Subí. Visité, una tras otra, las catorce piezas del hotel. Entreabría cada puerta, alargaba el cuello y proyectaba dentro la cabeza. Volvía la cabeza sin haber percibido a nadie. Únicamente, las piezas mismas. Las piezas –que de fuera eran fondo de cuba granate– eran por dentro de tinta espesa. Al frente de cada ventana era un rectángulo de cadmium limón, en sus tres cuartos superiores. El cuarto inferior, al ser la techumbre de los edificios vecinos, sobre ese cadmium, lila fresca.

Nadie. Salvo en una pieza un anciano envuelto en una bata terrosa. Al verme, me lanzó un escupitazo.
Nadie más. Nada de mi mujer.
Bajé. Encuadrada en su ventana, agitó sus violetas frías.
Subí. Nadie.
Bajé. Siempre sus violetas frías.
Partí en busca del hombre. Estoy en busca de él. Sigo, sigo en su busca. En tiempos regulares paso ante la mole del Hotel Mac Quice. Minutos después, paso el pequeño Hotel O'Connor y mi mujer, desde su ventana me saluda.
¿Cuestión de volver la cabeza?
Seguramente. Mas, ¿qué ganaría con saber que viene o no viene tras de mí?
"Hotel Mac Quice".
"Hotel O'Connor".
"Hotel O'Connor".
"Hotel Mac Quice".

FIN



Chuchezuma

Juan Emar


Maldita sombra de belleza perentoria Enlutada de carne moribunda y agria En un estado de pureza profanada Llamas al acto mismo de los deseos Virgen sediciosa en mi alma acorralada Destiérrame al cosmos de tu sexo eterno Purga con tu cuerpo mi mal enraizado De besos hoscos, tu fuego purificados. Esgrime con tus senos en mis manos Ese cáliz de piel acongojada y fatua Y bebe de mis venas el pecado eterno De caer por ti, a tus pies, envenenado. La mayéutica precaria mis dedos sacros Sacará de tus entrañas al hijo inerte, Morderás mis labios saturados de asco Y de placer milenario e irrealizable. ¿Gritas? ¿lloras? Gime mujer pura y puta: acércate a beber un rato, que nada nos quedará mañana.


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